Frívola Argentina

La Argentina es un país frívolo. Se nota cada vez que atraviesa un ciclo de bonanza económica, cuando sus clases altas y medias se zambullen en festivales de consumo tan irresponsables como reveladores.

La historia es vieja. Basta pensar en el impresionante crecimiento económico de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los argentinos ricos sacaban en Europa patente de "rastacueros" mientras dilapidaban sus fortunas y despilfarraban la oportunidad de acumular capitales para inyectarlos en un proyecto serio de desarrollo nacional consistente y sostenido.

Mientras la burguesía norteamericana ahorraba, invertía, creaba industrias, innovaba de continuo en el plano tecnológico y se lanzaba a la conquista de los mercados del mundo, la clase dirigente argentina disfrutaba a manos llenas de la renta producida por la apreciación geométrica de las tierras de pan llevar; extraordinario aumento de valor motorizado por la inversión extranjera y la demanda internacional de alimentos.

A lo largo del siglo XX, nuestro país tuvo numerosas oportunidades de subirse al tren del progreso. Paradójicamente, terminó la centuria casi sin trenes de cargas y un espantoso servicio para los pasajeros.

Una y otra vez, las expectativas quedaron defraudadas en los hechos. Las burbujas especulativas, asociadas a la ilusión del dinero fácil, atrajeron siempre con más fuerza que las convocatorias al trabajo productivo y la inversión reproductiva.

La fantasía de "hacer la América" o lograr un golpe de suerte salvador han esterilizado con frecuencia la prédica educativa que alentaba los estudios, el esfuerzo y el ahorro, como bases sólidas para conseguir un futuro mejor.

A juzgar por los resultados, la tensión entre una y otra concepción de la existencia se ha resuelto hasta hoy a favor de nuestro componente volátil, fantasioso e irresponsable. Es la decadencia asociada con la ilusión de la "plata dulce" y la sensorialidad del "deme dos".

En los últimos días, nuestra proverbial frivolidad reapareció de la mano del proyecto exhibicionista e improductivo del "tren bala", al que pocos días después se le cayó el financiamiento. Es que el banco francés Societé Generale -que iba a realizar la operación- fue imprevistamente afectado por la pérdida superior a los 7.000 millones de dólares que le ocasionó uno de sus empleados, convertido en solapado apostador bursátil con los fondos de esa entidad.

También en el espacio público, pero a causa de apetencias privadas, se originó el affaire de autos diplomáticos ingresados al país de manera irregular y que, por añadidura, terminaron en poder de algunos de nuestros más conspicuos "ricos y famosos". Claro que la noticia no es más que la espuma superficial de un modo de ser redomadamente "tilingo" y que va más allá de la escueta lista de personajes sonoros.

Lo cierto es que ahora la Cancillería se las ve en figurillas para no dañar aún más las relaciones internacionales de la Argentina, afectadas por un gobierno que ha protagonizado demasiadas e innecesarias peleas en le frente externo.

El episodio demuestra la permeabilidad del país a la ilicitud, mientras la frivolidad se pasea sobre ruedas a la vista de todos.