Tan gratuito como demencial fue el ataque que terminó con la vida de Sandra Vergara cuando atendía la despensa La Gallega el último miércoles.
Eso se deduce de las palabras del joven apresado en San Javier -ahora alojado en Jefatura-, al momento de admitir su responsabilidad en el crimen.
Sus dichos confirmarían que los investigadores no se equivocaron cuando definieron lo ocurrido como un homicidio en ocasión de robo.
Aunque cueste imaginar la escena Sebastián Acuña admitió que apuñaló a la víctima sólo porque aquella se rehusó a entregar unas monedas de la caja.
Es decir, que las más de veinte puñaladas que siguieron a la negativa, habrían obedecido a un inexplicable arranque de furia homicida.
El detenido nunca fue investigado por delito alguno y, según parece, fue educado para ganarse la vida honestamente, con el oficio de albañil.
Ahora los trascendidos hacen culpable a Sebastián y lo relevan del papel de sospechoso principal.
La versiones circulantes indican que el muchacho confesó en sede policial, pero habrá que ver qué dice cuando sea llevado ante el juez instructor.
De todos modos la policía estaría en condiciones de aportar a la Justicia pruebas suficientes como para incriminar al detenido.
Zapatillas y toallas con manchas de sangre fueron encontradas por la policía en las viviendas próximas al lugar del hecho -Mariano Comas y Francia-, donde Esteban realizaba refacciones junto a su padre y otras personas.
Luego, también apareció en la casa del barrio Liceo Norte -donde viven los abuelos maternos de Sebastián- una muda de ropas ensangrentadas, la que cambió por otras prendas antes de fugar a San Javier.
Agentes de Investigaciones de la jefatura sanjavierina reconocieron y apresaron a Sebastián Acuña la noche del último sábado.
Sobre el vecino del barrio Los Troncos, de 18 años de edad, pesaba pedido de captura por el brutal asesinato de Sandra Vergara.
Sebastián es hijo de uno de los cuatro albañiles detenidos después que un comerciante descubriera que el cuerpo de la víctima yacía detrás del mostrador de la despensa La Gallega.
José Luis Pagés