De la Redacción de El Litoral
El divorcio de los padres, cada vez más usual, transforma la vida de sus hijos. La definición en que convergen maestras, especialistas y los propios chicos encierra el dolor que les provoca, la alteración del orden que experimentan, la pérdida de intimidad y la sensación de abandono.
Si bien puede haber diferentes reacciones entre sexos, condición social y cómo los propios padres encaren la situación, las docentes consultadas coincidieron en señalar que a los chicos los ganan el desgano y la apatía, y que el cambio es significativo en la mayoría de los casos. Desde la escuela Zazpe, Alejandra aseguró que sus alumnos "se duermen" y que "enseguida, en cuanto hay un inconveniente, el chico se pone apático y un poco agresivo". El mismo síntoma percibe desde la Ravera el profesor Diego Cardozo: "Están más distraídos, dispersos, demuestran su angustia con violencia".
Guillermina nota que en la Sara Faisal, cuando se presenta una ruptura familiar, se produce "un desequilibrio emocional en los chicos. Algunos enseguida se ponen más desatentos, aunque todo depende de la personalidad y cómo lo interioriza cada uno". El "decaimiento en el ritmo de aprendizaje y el nivel de atención" son lo que primero se manifiesta en las aulas de La Salle.
Se ve que, a pesar de los diferentes ámbitos, los unos, rodeados de tierra, cunetas a cielo abierto, carros de cirujeo y chapas que se alzan para albergar familias enteras; y los otros, llenos de los últimos objetos que marcan el poder adquisitivo en una sociedad que es cada vez de más consumo, los sentimientos que afloran no varían.
Para Diego, el daño psicológico que vivencian los chicos varía según cada "proceso de separación". Así, "no es lo mismo un padre que les explique a sus hijos que la felicidad de ellos es hacer un camino propio, a que un chico vea años de maltrato familiar". La especificidad de los barrios como San Agustín es que las familias son "multiparentales", en una casa viven "el papá, la mamá, el abuelo, el hermano, el tío...". Y, "cuando salta el fusible", la primera contemplación es que "empieza a haber en los chicos algunos comportamientos que no son naturales en ellos".
Alejandra recuerda un caso particular, de una "nena excelente" que "andaba bárbaro" y era "una dulzura". De un día para otro, "empezó mal, apática, se dormía...". Era claro que había un problema, y cierto. Si bien entre los matrimonios de Santa Rosa de Lima el divorcio no está presente, "generalmente no están casados legalmente, están juntados", sí sucede que "desaparece uno", y eso modifica toda la rutina familiar: "Si se va el hombre, la madre tiene que salir a buscar trabajo y el hijo mayor se hace cargo de las tareas de la casa, y eso afecta notablemente su rendimiento escolar".
En los colegios privados, las maestras observan cómo los alumnos con padres separados (que llegan a un 60 por ciento) se desordenan: "Cuando los padres alcanzan un acuerdo de tenencia, los hijos llegan al colegio con un bolso y les cuesta empezar la semana porque se dejan las cosas en las casas de los padres". Y, a veces, señala una maestra de La Salle, ellos "llegan a ser tiranos de la situación" porque "los dos padres sienten que están en falta, le hacen caso. Lo que el chico pide lo tiene, pero él no sabe qué tiene reclamar y reclama cosas materiales".
De todas maneras, se pueden segmentar -a grandes rasgos- "reacciones diversas". En los adolescentes, por ejemplo, el psicólogo Mariano Carmelé observa que parece "una cuestión que no incomoda, como que no se tiene demasiado en cuenta lo que está sucediendo". Las consecuencias, como "el adolescente está en otra", aparecen más tarde. El temor, que está, es "a lo desconocido, al cambio, a no saber cómo seguirán funcionando sus vidas".
Las cosas "no van a ser las mismas" a partir de ese momento. Y, si encima la separación es en malos términos, las cosas se ponen peor. Por eso, Carmelé sugiere que "se confunda lo menos posible a los hijos y que éstos no sean espectadores primarios. No involucrarlos". En definitiva: cuidarlos, que es lo mismo que "hacerlos a un lado en los enfrentamientos de los mayores, hacer lo imposible para respetar un orden y acordar una política unidireccional entre ambas partes".
Cifras inciertas
Todos los consultados reconocen que los casos de divorcios aumentaron considerablemente en los últimos 10 años en la ciudad.
Pero ver el ascenso plasmado en cifras se complica: no todos los que se separan inician los trámites de divorcio, no todos los que se presentan en tribunales figuran en las estadísticas del Registro Civil (es necesario que se concrete el pago a los abogados para que ingrese a esa base de datos).
De todas maneras, en las escuelas aceptan que cada vez son más los niños cuyos padres no viven juntos (60 %), lo que hace que el conflicto esté más "naturalizado". En uno de los juzgados de Familia, indicaron que en la última década subieron a un promedio de 2.000 casos por año.