Edición del Jueves 03 de abril de 2008

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Deportes: DEPO-15
El fútbol-espectáculo sufre de una enfermedad casi terminal...
¿Quién se hará cargo del próximo muerto?
Patético. Los tremendos incidentes ocurridos el domingo pasado en la cancha de Vélez entre simpatizantes de River. Se observa el momento en que un simpatizante es sometido a una feroz golpiza. Estuvo grave por un severo traumatismo encéfalo-craneal. Foto: EFE. 

Fallas e incapacidad en los operativos policiales, guiños de alguna dirigencia y poca participación del Estado, un problema de la sociedad que la propia sociedad no puede resolver.

Enrique Cruz (h)

El fútbol como espectáculo -no como deporte en sí mismo y menos como negocio- está enfermo. Terminal y sostenido en vida sólo porque en este país de inseguridades, piquetes, conflictos, desigualdades y todos los etcétera que se imagine, la sensación del "pan y circo" no sólo impera, sino gobierna. Es decir, el fútbol tiene que continuar como si se tratase de una función, por más que sigamos sumando muertos sin que nadie se haga cargo de ellos.

El domingo 30 de marzo pasado, River se aprestaba a jugar el partido con Arsenal en la cancha de Vélez. De pronto, antes del inicio del mismo, se originó una trifulca de proporciones. Dos bandas de la interna de la barra de River se agredieron de una manera difícil de explicar y mucho más de entender. Delincuentes, vándalos, personas (¿personas?) con un desmedro absoluto de la vida, se trenzaron a golpes de puño, con cinturones, cuchillos y otros elementos contundentes (casi criminales) que uno no entiende cómo pueden entrar a una cancha con tanta policía y controles... O será que ésta es la gran falla a la hora de hablar de seguridad: la inacción policial y la falta de prevención y ejecución de órdenes y diagramas de operativos.

El tema de las barras no es una cuestión que atañe exclusivamente a esa inacción policial. Allí también entran a tallar los dirigentes. Porque está claro que, en River puntualmente, las barras están organizadas y al servicio de los poderes políticos, ya sea el actual oficialismo, como también la oposición. Basta simplemente con saber que no son sólo las "entraditas de favor" que reciben para entrar gratis a la cancha o para venderlas y "hacerse de su pequeña bolsita", sino otras cuestiones que son muy graves, como por ejemplo la nunca desmentida participación en porcentajes de la venta de jugadores. Un club como River, que vende por millones y millones de dólares. Una barbaridad.

De todos modos, la sensación de inseguridad está presente en todas las canchas y a todo momento. No es necesario que se enfrenten dos parcialidades. En la cancha de Vélez, los desmanes fueron originados dentro de la misma hinchada de River. En Santa Fe, se observa, fundamentalmente en la cancha de Colón, las evidentes fallas a la hora de organizar operativos exitosos. Y se manifiesta, en este caso, con los destrozos en los negocios adyacentes al estadio, en los coches que se estacionan en la playa de la institución y en los robos que se cometen en la desconcentración de la gente, luego de los partidos.

Hoy, concurrir a la cancha de Colón se ha transformado en un hecho inseguro para la gente. Hay pequeñas "banditas" que aprovechan la masa para cometer cualquier hecho delictivo y deleznable, desde la destrucción de un automóvil pasando por el robo de un celular, la rotura de vidrios y consiguiente robo en un negocio o hasta la agresión física al peatón indefenso que transita por el lugar.

El fútbol significa mucho para los argentinos, mucho para los políticos y gobernantes de turno y mucho para el gran negocio que se monta y se genera a su alrededor. Es, como decían los viejos relatores y locutores, la "pasión de multitudes". Pero como espectáculo, está absolutamente desnaturalizado, maltratado y con un riesgo casi terminal.

Nadie hace nada. El gobierno no da señales de vida en aquellos ítems en los que debiera ser una garantía para la sociedad: educación y seguridad. Hoy se habla de delincuentes juveniles, algunos infantiles, que crecieron en la marginación, colmados de carencias, sin espejos ni redes de contención.

Ese fue un problema del gobierno y de la sociedad que no se supo asumir a tiempo. Y hoy, aquéllos que fueron abandonados a su suerte, delinquen y no le temen ni siquiera a su propia suerte, porque está claro que no valoran ni su propia vida.

La seguridad está en jaque; la educación está en jaque; el fútbol está en jaque. Cuando los dirigentes golpean las puertas de la policía no encuentran respuestas. "Si tiene miedo, cómprese un perro", le dijo un alto jefe a un alto dirigente en Santa Fe. Y hoy se discute, en nuestro país, hasta quién debe aplicar el derecho de admisión o cómo se lo debe aplicar. Conclusión: mientras esto se discute, todos entran como Pancho por su casa, con navajas, cinturones, bravucones, amenazantes, delincuentes, criminales y suicidas a la vez, porque no le temen a nada ni a nadie, ni siquiera a su propia muerte.

Si no se defiende su esencia, su verdadera naturaleza, el fútbol va en firme camino a convertirse en un oscuro túnel a la muerte. Esa muerte que encontró, inesperada e injustamente, el pibe Emanuel Alvarez aquella tarde en la que iba en micro a ver a su querido Vélez y cerró sus ojos para siempre por el tiro asesino de un delincuente.





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