"Propiedad privada" es un filme estructurado en claves psicoanalíticas. Cuenta la historia de la crisis de una familia. En la casa donde antes vivían padre, madre y los hijos mellizos -una casona rural en la campiña belga-, ahora conviven la madre, Pascale (Isabelle Huppert), y los hermanos Thierry (Jérémy Rénier) y Franois (Yannick Rénier), unos jóvenes veinteañeros. El padre, Luc (Patrick Descamps), se ha ido y ha formado otra familia. Aparentemente, la decisión fue de Pascale, pero las cosas no han quedado bien.
Todo el relato gira en torno de la imposibilidad de la mujer y sus hijos de reconstruir sus vidas y darles un nuevo sentido. Si bien se han quedado en la casa, los tres dependen de la manutención de Luc, y no hacen más que girar en falso, haciéndose mutuos reproches, sin resolver qué hacer con sus vidas.
Pascale ha iniciado una relación con un vecino y planea hacer alguna actividad que le permita independizarse, para lo cual necesitaría vender la casa. Al comentarlo con los hijos, éstos se oponen y el tema se convierte en el nudo del conflicto, aunque en realidad, es el disparador de problemas más profundos.
Joachim Lafosse, director y coguionista del filme, es un joven realizador belga que asume un tema que requiere quizás una gran madurez para encararlo, no obstante sale airoso, fundamentalmente porque cuenta con la inquebrantable solvencia de una actriz del calibre de Isabelle Huppert, que sabe expresar como nadie los recovecos y claroscuros de una mente femenina compleja.
Pascale se siente atada por sus hijos y quisiera dar vuelta la página y volver a ser dueña de su vida. Empezar de nuevo. Los chicos se angustian ante esa posibilidad, aunque sus reacciones son diferentes: Thierry se siente celoso y le reprocha a la madre su presunto adulterio y Franois, más tierno y comprensivo, quiere suavizar las cosas, pero también anhela que todos sigan juntos.
En el comienzo, el director advierte que se trata de una película que habla de los límites, y ésa es la clave más trascendente. Lafosse utiliza insistentemente los planos fijos y los interiores, para reforzar la idea de encierro, de opresión, que aqueja a los personajes, los límites rigurosos, imperceptibles, que los condicionan y que disparan, paradójicamente, una ausencia de límites, los límites necesarios, en la vida privada entre madre e hijos. Esto provoca una confusión de roles en la que, ante las actitudes adolescentes de la madre, los jóvenes se vean descolocados y sin referencias. Toda esa carga de energías mal dirigidas genera un clima de tensión que inevitablemente va a estallar de la manera más inesperada y trágica.
Ese hecho fatal obliga a que todos los integrantes de la familia se vuelvan a unir por un momento, pero nada más que para enfrentarse definitivamente a la nueva realidad con todas sus implicancias, y asumir de una vez por todas que aquello que amaban se ha perdido, ha quedado atrás y es irrecuperable.
Un filme amargo, pero que está tratado con un distanciamiento, un despojamiento y una meticulosidad que impiden al espectador dejarse arrastrar por fuertes emociones. Más bien obliga a la reflexión.
Laura Osti