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Algunas historias se guardan celosamente y salen a la luz mucho tiempo después, cuando muchos ya no están, lamentablemente. Tomé la decisión de escribir o testimoniar parte de la vida de mi bisabuela Sabina Catania porque vale la pena y porque siento que aún no es tarde para que este relato deje una cuota de admiración y respeto, como el que hoy me inspira.
Tenía 23 años cuando dejó Italia. Corría el año 1910. Había nacido en Salerno, Nápoles. Me contaron que por aquellas cosas de juventud, de inocencia, de inexperiencia o de ilusión, cometió el "grave error" de enamorarse de quien no correspondía. De tamaña barbaridad nació un niño y lo llamó Vito Catania.
Como es de suponer, su familia entendía que en esas condiciones allí no tendría futuro y la mejor solución fue que se marchara de Italia con su pecado a cuestas. Ella siempre relataba que el día de su despedida la acompañó solamente su padre y que subió al barco, mientras él la saludaba con un pañuelito al viento, y supo que jamás volvería a verlo.
Cruzó el océano en el barco llamado Ravenna. Sola, con su hijito y unos bultos, sin tener idea lo que le depararía su destino al llegar a nuestro país. Un viaje de varios meses. En Buenos Aires, otros tripulantes enfermaron y también debió guardar cuarentena, antes de desembarcar. Finalmente, luego de un período en el Hotel de Inmigrantes, se trasladó a Santa Fe, donde había unos paisanos conocidos que la podrían ayudar.
Al poco tiempo conoció a otro italiano, nacido en la región de Calabria, provincia de Cattanzaro, quien también estaba recién llegado al país y que le doblaba en edad: Andrea Petruzi (o Petruzza, según algunos documentos). Él aceptó su condición y a su hijito italiano y contrajeron matrimonio.
El bisabuelo Andrea era albañil y construyó algunas casas, incluida la suya, ubicada en Buenos Aires entre avenida Freyre y bulevar Zavalla. De esta unión nacieron tres niños: Francisco (mi abuelo), Juan y Domingo.
Cuando mi abuelo Francisco cumplió los 9 años, mi bisabuelo Andrea (Andrés en Argentina) falleció como consecuencia de un cuadro asmático. Sabina se quedó otra vez sola, para salir adelante en una época tan difícil y con cuatro niños que alimentar.
Sabe Dios cuánto trabajo, cuánta paciencia tenía y dudo que se escucharan de sus labios una queja o un pesar. Hoy me pregunto qué sentimientos embargaban a esta mujer, cuánta tristeza, el obligado desarraigo, la pérdida de su juventud, la nostalgia por su tierra, su propia familia. Cuentan que cada tanto decía que "quien primo non pensa, dopo suspira" (quien primero no piensa después suspira).
A pesar de todo, con la mayor entereza y la dureza de esas mujeres acostumbradas a lo difícil, procuró salir adelante. Para mantener a sus hijos puso una venta de verduras. Con Vito salían a las 4 de la mañana hasta el Mercado de Abasto, en calle avenida Freyre, y cada uno cargaba un cajón de verduras hasta la casa. Caminaban haciendo el mismo trayecto todas las veces que fuera necesario; todos los días, así fuera con frío, lluvia, calor o como se presentara la jornada.
También amasaba el pan diariamente. Su generosidad y solidaridad era de puertas abiertas; pobres y linyeras sabían que en esa casa tendrían un tazón de leche y pan. Lo bueno es que en esos barrios vivían muchos inmigrantes italianos que le brindaron su ayuda. Entre éstos se encontraba Pascual Conforti, otro viudo y con un hijo.
Le llevaba 30 años de diferencia. Fue así que -aconsejada por "la paisanada"- la mejor salida en esos tiempos era volver a casarse para que un caballero sacara adelante el hogar. Es probable que algunos paisanos también juzgaran este proceder. Era una época que se destacaba por "falsos e hipócritas prejuicios".
A esta altura del relato vuelvo a preguntarme si el amor, el romance o la pasión formarían parte de sus vidas. De esta unión nacieron otros tres hijos: Tomás, Pedro y Dominga. Ella es la única tía abuela de 80 años que aún vive. Es muy bella y la queremos mucho porque tiene la bondad que tenía su madre. Pasados unos años volvió a enviudar, cosas del destino.
Sus primeros hijos ya mayorcitos tenían trabajo y mantenían la casa. Cuando se fueron casando ella decidió vivir un tiempo con cada hijo, colaborando en la crianza de los nietos. Así fue que mi abuelo Francisco se casó con Magdalena Racca y de esta unión nacieron Elena y Alba, mi mamá.
De los tíos abuelos Petruzi, Juan se casó con Julia Cuadrado y nacieron Carlos, Mary, Sabina y Luis; Domingo se casó con Nuncia Rivera y nacieron Andrés y Ana; de los Conforti, Pascual se casó con Teresa Calabresse y tuvieron a Pedro, Silvia, María del Huerto y Sabina.
Pedro se casó con Amalia Jofre y nacieron Adrián y Liliana, y Dominga se casó con Pedro Mauricio, y nacieron Alicia, Ricardo y Estela. El tío Vito Catania -quien vino tan pequeño desde Italia- se casó con Elena Fournell y tuvieron a su única hija del corazón, Sonia Catalia (Tuchi).
La nonna Sabina falleció en 1963, a los 78 años. Yo tenía días de nacida. No alcanzó a conocerme. Me pusieron por nombre Andrea en honor al bisabuelo Andrea Petruzi. Sus nietos, y en particular mi madre y su hermana (Elena o Chichí) siempre me hablaron con admiración de la abuela y con un cariño que perdura, a pesar de los años.
Esta historia de una rama de mi familia ha provocado en mi vida una gran curiosidad por mis ancestros y -aunque no encuentre todas las respuestas que, además, el tiempo logra modificar- sentía la necesidad de plasmarla en este escrito. Es otro relato sobre quienes nos precedieron, nos facilitaron el camino y nos transmitieron el empuje necesario para alcanzar nuestro destino.
textos de Andrea Heit Petruzi