Nosotros: NOS-16
Toco y me voy
Una cepillada
Ilustración Luis Dlugoszewski. 

Artefacto jodido, el cepillo de dientes. Tiene la misión, tampoco fácil, de entrar y salir más a o menos indemne de nuestras fauces y encima llevándose restos de comida y demás beldades. A priori, no habría por qué reírse de algo tan serio como lavarse los dientes. Pero, si llegara a ocurrir eso, por lo menos que los dientes se vean limpios, ¿no?

Por más vueltas que le den, el cepillo de dientes es derecho. Es simple en su concepción, en su misión y hasta en su desempeño, capaz de ser enseñado a una criatura de dos años. Pero los hombres complicamos todo: hasta el mismísimo acto de lavarse los dientes. Hacemos más complejos y presuntuosos los cepillos, las pastas dentales y el cepillado mismo. Es inevitable que compare.

Antes, en el baño, disponías de un tubo de dentífrico grandote, en envase de plomo primero (que luego servía para las plomadas) y luego aluminio y luego plásticos. Con un tubo de dentífrico como ese uno podía asesinar al hermano, en caso de gresca generalizada: un garrotazo o dentifricazo desmayaba al contrincante y a otra cosa. Ahora vienen unos pomitos de lo más adornados, livianos y pequeños que ni ganas de tirarlos ni pelear con el hermano le dan a uno.

La pasta dental en sí misma era blanca y densa, como recién sacada de los pozos de cal que se veían en cualquier construcción. Es más: esa densidad y consistencia podía amalgamar ladrillos perfectamente. Y sucedía luego que, perdido la tapa a rosca o dejado abierto a propósito (pasaba toda la numerosa familia todo el tiempo delante del único tubo), se formaba una costra, un tapón duro y casi inamovible, que podía ser utilizado luego sin problemas como munición para la gomera.

Ahora vienen unas pastitas de lo más cancheras, con los colores más diversos y hasta con franjitas o rayitas de color de lo más primorosas.

Con el gusto, lo mismo: antes era unilateral gusto a...dentífrico. Ahora, tenés frutilla, menta, vodka, don Pedro y una variedad infinita, además de estar direccionados hacia los distintos usuarios de la familia (con envases de princesas o personajes de la tele para tus pibes).

Con los cepillos, otro tanto. Eran unos cepillazos con los que podías batirte a duelo. No sabíamos lo que era cerda dura, blanda o intermedia básicamente porque era cerda única y cerrá el pico (bueno, no: más bien abrilo) y andá pasando. Ahora te generan, so pretexto de innovar y tener un supuesto mejor cepillado, hasta ranuras y relieves especiales en el mango para í"limpiar el paladar"! íAndá! Mango anatoergonómicos (no económicos), barra antideslizante, cerdas escalonadas, a contrapelo, a contrasol y a contraluna... íHasta cepillo eléctrico, ni dios lo permita, inventaron estos guachos y así uno tiene un peligroso aparato con movilidad propia en la cavidad bucal, una cosa que escarba y se mueve con su particular ritmo, una especie de monstruo alienígena con vaya a saber qué intenciones! Terminemos con tanta locura, canejo.

Hasta la forma de cepillar cambiaron. Antes uno se zampaba ese súper cepillo, le daba para los costados con energía con la sabia supervisión alpargatomaterna, escupía, enjuagaba y pase el que sigue. Ahora tenés que cepillarte de una forma con los dientes de adelante, de otra con los colmillos y de otra con las muelas.

Y, por último, los fabricantes lograron imponer la cretinada de que hay que cambiar el cepillo de dientes cada tres meses, una aberración desde lo afectivo: uno no puede construir relaciones estables. Yo tuve en mi infancia un cepillo azul que me duró años (la cerda se bancaba hasta el pampero y el zonda juntos: inamovible, la guacha) y que casi era un amigo. Y nos vamos con el orgullo a salvo por habernos abocado el tema con propiedad, demostrando incluso algo de pasta.

Textos de Néstor Fenoglio y dibujo de Luis Dlugoszewski [email protected], [email protected]