Como una hoja de parra seca, craquelada, entraba en el pasillo susurrando tiempos antiguos con sus zapatillas de lanilla escocesa. Traía todo el mar de Cosenza sobre sus espaldas, ese mar que hablaba en italiano y dejaba los peces navegando en sus ojos, caracolas y sal. Sal y barca pesquera. Palpitante mar que se estrelló en sus ojos con un golpe de agua dura y lo dejó casi ciego. Una gaviota quedó suspendida de su ojo izquierdo y le daba la extraña apariencia de un soñador que respiraba toda la distancia buscando naufragios y sirenas.
Gabino caminaba hasta la puerta de hierro verde y golpeaba en azul, con alegría amarilla y desbordada. Parecía un pescador que vendía peces plateados y fríos. Pero no, llevaba en sus manos un libro. Ajado y misterioso, de frutos sumergidos y mojados.
Cuando Hadita le abría la puerta, un viento salobre entraba en la cocina y volaba sobre las cebollas que lloraban en la sartén. -¿Puedo contarle un cuento? -preguntaba Gabino tímidamente- y se sentaba en la silla de Viena a respirar dulzuras domésticas.
Hadita cocinaba y sus labios pintados con Helena Rubinstein tarareaban tanguitos dulces y llamadores para su marido Antonio, que al llegar de trabajar la besaba y se deleitaba con los sabores verdes y rojos de la salsa caliente. Pero, ah, también con la voz de Hadita que cantaba "Mi Buenos Aires querido cuando yo te vuelva a ver no habrá más penas ni olvido".
Pero Gabino traía del oriente el libro de "Las mil y una noches" y se ponía a narrar, con el libro cerrado, alguna de las famosas historias, hasta que finalizaba, diciendo "Shahrazad se dio cuenta de que había llegado la aurora...". En ese momento, se levantaba de su silla, se despedía y volvía a caminar por el largo pasillo con pereza de foca y ensoñación prisionera en su gorra gastada.
Hadita volvía al Gardel de los años veinte, mientras las papas se volvían tiernas en el mar salado de la ollita de hierro. "La ventanita de mi calle de arrabal / donde sonríe una muchachita en flor...".
La singular rutina se repetía día a día con gran fastidio para Hadita que quería planchar con almidón Colman las camisas de Antonio y escuchar en la vitrola la voz querida de Gardel: "Quiero yo de nuevo volver a contemplar / aquellos ojos que acarician al mirar...".
Gabino seguía su rutina de almíbares orientales, crímenes, humillaciones, espadas, sultanes, venganzas, dinares, nombres compuestos como Ali Nur-al-Dín, vinos y califas, muerte y doncellas inocentes. Las palabras entraban y salían de la cocina y se pegaban a la plancha caliente que ya no podía deslizarse sobre la camisa blanca de sol, iluminada, debido a las frases terribles, como: "El esclavo avanzó, desgarró un trozo de tela del extremo de su traje, me vendó los ojos y se dispuso a decapitarme".
Un día, Hadita, cansada de tantos dramas lejanos y oscuros, le ofreció un poco de miel casera para que, al menos, interrumpiera sus relatos por un momento y ella se aliviara pensando en Antonio o en su amado Gardel: "... una promesa / y un suspirar, / borró una lágrima de pena aquel cantar".
El hombre recordó entonces la historia de su libro donde por una gota de miel mueren, sucesivamente, un pájaro, un gato, un perro, un cazador, un comerciante y dos pueblos enteros: "Sólo Dios, ensalzado sea, sabe cuántos eran".
Entonces Hadita reaccionó con esa dulzura de vainilla que llevaba con ella y le dijo: -Mire, don Gabino, usted es muy bueno al querer contarme cuentos de su libro famoso. Pero a mí no me gustan esas muertes y luchas de gente que no conozco. Yo le respondo: "... en caravana los recuerdos pasan / con una estela dulce de emoción".
La voz de la mujer se abrió con perfumes de madreselva e inundó la cocina con esplendores pasados de la radio a galena y el farol a querosén. "En la cortada más maleva una canción / dice su ruego de coraje y de pasión".
Gabino comenzó a llorar desde su ojo izquierdo con gaviota y explicó que él había hallado ese libro en el barco que lo trajo a la Argentina, después de dos muertes que había cometido en Italia. Se escapó en ese barco desde Génova y el único consuelo a la culpa y al odio fue hallar ese libro mágico que leyó en el viaje.
Cada día se gastaban sus ojos leyendo historias que apagaban su dolor con relámpagos ajenos. -Un libro, Hadita, es un universo, una cicatriz. Es una valija llena de camisas. Yo me las pongo cada día y soy otro y otro y otro. Yo no soy un asesino. Soy un hombre con un libro.
Hadita calló y comprendió que los caminos son muchos para llegar al Paraíso.