"La tumba de los viajes", de Javier Foguet. Fénix, Córdoba, 2006.
Podríamos comenzar diciendo que Javier Foguet (San Miguel de Tucumán, 1977) en este su primer libro de poemas ha dispuesto el verso no para que la luz llegue intacta sino "torcida/ o grávida/ sabiamente afectada/ por la muerte". Sin deslumbramientos, sin efectos, como podría sentirse tentado a hacer un joven escritor en sus primeros versos a publicar, sino llenando el vacío de la hoja con una inusitada madurez, tras una exigencia y el modelo de la lentitud de la naturaleza "Te exigen la verdad, otra vez,/ después del invierno,/ los grandes árboles."
Sus poemas, en general, como lo exalta directamente el poema "Nota" son una especie de recado a otro viajero, el viajero que acampa en un entorno natural deja al próximo viajero su experiencia y su consejo, una experiencia de ese vivir al resguardo de lo hostil con elementos tan simples como el "... olor de los pastos/ y el goteo más decidido y saludable/ de la vega." Quiero notar que utilizo la palabra viajero y no turista, el turista es el que fotografía, el viajero observa aquello que se ve y lo que no, el viajero puede que fotografíe, lo que se ve y lo que no, pero ante todo es el que toma nota.
La luz sesgada que predomina en los versos nos otorga una sensación de asistir a un impresionismo de las sombras, el verso sosegado y espeso nos ofrece un espacio para reflexionar, "una coagulación/ del ardor como el leño que encenderemos más tarde/ en la niebla y nos calentará con sólo su imagen...", también esta poesía es consciente de que ninguna palabra alcanzará y que la lectura deberá completar esa falta, quizás por eso ese carácter de nota a que aludíamos. Así nos dice el poeta "Esa precisa coloración azul de la luz sobre las piedras/ tal vez falte en las palabras".
Entonces, búsqueda, viaje, constante tanteo de tonalidades y olores, imágenes que llenen lo que la palabra sola no atine en decir, versos que incorporan lentamente la enseñanza natural, "goteantes como una cueva" como nos dice el poema árbol, donde el viajero, fiel a su condición nómada, sabe que llegar no es más que la certeza de saber que "también querrás no haber llegado".