La diferencia entre, digamos, un director de cine y un autor de esa disciplina, es notoria. Un director, es únicamente quien toma las riendas de una película, colocando cada elemento en su lugar para que el producto final sea adecuado. Un autor, en cambio, es aquel capaz de cumplir con ese objetivo y, además, dotar a todos sus trabajos con una marca, un sello que permita al espectador avezado intuir su presencia detrás de las cámaras. Dentro de esta gama, se podría mencionar a Alfred Hitchcock, Orson Welles, Woody Allen, Francois Truffautt, o algunos más actuales como Joel Coen o Wes Anderson.
En el cine nacional, también es posible descubrir a lo largo de su historia algunos auténticos autores. En su vertiente más actual, uno de los que ha dado señales claras de alcanzar ese rango es Daniel Burman, quien hace poco estrenó con éxito su último trabajo "El nido vacío". Del análisis del argumento de esta película, centrada en la experiencia que supone para una pareja madura (integrada por Cecilia Roth y Oscar Martínez), la partida de sus hijos de la casa paterna, y los replanteos de la vida en pareja, se desprende la evidente relación con el resto de su filmografía.
Desde "Esperando al Mesías", de 2000, se advierte en los filmes de Burman una pulsión por contar historias de personas que deben afrontar traumas, obsesiones, o la siempre compleja búsqueda de la identidad. Esto se puede verificar también en "Todas las azafatas van al cielo", "El abrazo partido", y con mayor nitidez en "Derecho de familia", focalizada esta última en la necesidad de un joven por desprenderse de la imagen paterna.
El éxito de "El nido vacío", al menos en sus primeros días de proyección, demuestra la aceptación definitiva del público hacia las propuestas de Burman. Pero también el buen momento del joven cineasta, hoy en franco ascenso creativo.