José está molesto y, además, está eufórico. No para de hablar y de adjetivar en contra del gobierno de la ciudad. -Hace cuatro meses que llegaron a la intendencia, no hicieron nada importante, salvo designar amigos y asignarse sueldos de faraones, y la primera medida que se les ocurre tomar es en contra de los pobres... Cuando se es gorila se es gorila... no hay vuelta que darle...
Intervengo antes de que Abel se lo coma crudo: -¿Se puede saber qué hicieron en contra de los pobres?
-¿Te parece poco? -pregunta casi atropellándose con las palabras-. Ordenan que desalojen a los vendedores ambulantes de la plaza Alberdi.
-No son vendedores ambulantes -interviene Marcial-; no deambulan, están instalados en una de las mejores plazas de la ciudad y la han transformado en una villa miseria...
-Son trabajadores -insiste José-, trabajadores que se la rebuscan como pueden; a cualquiera de ellos le gustaría estar en una empresa o en la administración pública con un sueldo decente, obra social, jubilación y un sindicato que los defienda; pero no vivimos en Suecia, vivimos en la Argentina...
-Vos hablás porque estás envenenado -dice Abel, que desde hace rato quiere intervenir-, los peronistas como vos todavía no se hacen cargo de que el pueblo nos votó para que gobernemos respetando la ley y respetando a los contribuyentes.
-A todos hay que respetar -contesta José-, no sólo a los contribuyentes. Por ese camino no me extrañaría que ustedes terminen planteando el voto calificado...
-No nos vayamos por las ramas -digo-, regresemos a los vendedores de la plaza Alberdi. Según tengo entendido, no los echan, sino que los trasladan a otro lugar, que también es céntrico...
-Yo no lo critico al gobierno por sacarlos de la plaza Alberdi, lo critico por permitir que vendedores al margen de la ley exhiban productos de dudoso origen y compitan deslealmente con comerciantes que pagan locales, pagan impuestos y están obligados a tener a sus empleados en blanco, dice Marcial.
-Ustedes siempre se ponen de acuerdo para joder a los negros, pero, les guste o no, los negros están y la ciudad también se hizo para ellos.
-Los negros están y están mal -contesta Abel-, porque ustedes los reprodujeron durante un cuarto de siglo con las políticas asistencialistas y defendiendo estrategias económicas que cerraron fábricas.
-Vos hablás muy lindo pero no me contestás lo más importante. ¿Por qué se la agarran con la pobre gente? ¿No hay cosas más importantes que hacer en la ciudad que echar a los vendedores ambulantes?
-Mi hermano -dice Marcial- paga por un local de calle San Martín más de diez mil pesos por mes. Paga, además, luz, impuestos, personal y seguridad. Si las cosas son como dice José, le voy aconsejar a mi hermano que cierre todo, coloque la mercadería en la vereda y se ponga a vender.
-Tu hermano tiene plata estamos hablando de los pobres, no de los ricos -responde José.
-Yo tengo mis dudas de que sean tan pobres como dicen -apunta Abel-. Los que les venden la mercadería andan en cuatro por cuatro y el origen de esa mercadería en la mayoría de los casos es dudosa. Los problemas sociales se arreglan, pero se arreglan bien, no alentando la delincuencia, la vagancia o el arribismo.
-No comparto -concluye José.
Erdosain