Entre las tantas paradojas que caracterizan al mundo actual, hay una que está fuertemente vinculada con uno de los aspectos elementales que definen a la condición humana: la posibilidad de comunicarse. Pese a que los dispositivos tecnológicos y las opciones de acceso a la información registraron en las últimas décadas avances sorprendentes y "aparentemente" integradores, es igualmente cierto que la comunicación, comprendida en su acepción más esencial, no ha registrado un adelanto acorde a esa circunstancia. Y en esta simple incongruencia, puede adivinarse el origen de muchas de las problemáticas a las que se encuentran sometidas las sociedades actuales, y la argentina en particular.
Tal vez, en una primera -y algo apresurada- lectura, ese razonamiento puede resultar pueril; pero antes de buscar soluciones mesiánicas o complicadas a los dramas vigentes, no estaría errado apelar a un procedimiento mucho más simple, como entablar un diálogo franco y equilibrado, donde la comunicación, entendida como "hacer partícipe" al otro, se produzca en forma adecuada.
Muchas veces, si nos disponemos a contemplar las cosas que nos pasan en nuestra vida cotidiana desde una posición despojada de prejuicios, tal vez alcanzaríamos a comprobar que una buena parte de los conflictos que hoy fragmentan a la comunidad, tienen que ver básicamente con la imposibilidad, precisamente, de entablar un diálogo con las características mencionadas, ya sea producto del desconocimiento, la soberbia, la mala fe o de posibles intereses creados.
Pero, a pesar de los innegables esfuerzos que el proceso mismo conlleva, es cierto que nos debemos hoy una instancia para intentar recuperar el diálogo. O al menos una de sus nociones medulares: escuchar lo que el otro tiene para decir.