El Estado de Israel fue fundado en mayo de 1948, pero sería un error suponer que las Naciones Unidas lo inventaron de la nada. Para esa fecha Israel ya disponía de todos los atributos para ser un Estado moderno. A los judíos no les regalaron nada. Todo lo conquistaron con inteligencia y trabajo, con esperanzas y sacrificios. En 1948 el gobierno de Israel disponía de un ejército propio, de un excelente sistema educativo, de un movimiento obrero organizado, de una economía nacional fundada en los kibutz, de un sistema de recaudación y, por si ello fuera poco, de un idioma nacional, una verdadera hazaña lingüística.
Todos estos logros tampoco habrían alcanzado si no se hubieran apuntalado en una nueva moral judía, en un nuevo hombre que expresaba el orgullo de su condición de judío, que trabajaba la tierra con el rifle colgado en la espalda y que organizaba la economía sobre la base de principios solidarios. Recibieron un desierto y lo transformaron en un vergel. "Juramos no conocer ni la paz ni el reposo antes de haber expulsado de nuestras colonias la vergüenza de la esterilidad, antes de haberla cubierto de frutales y de bosques" escriben los religiosos del kibutz de Khar Etzión. No son los primeros. Tampoco serán los últimos. En 1911 hubo un kibutz en el desierto. Esa singular alianza entre la Biblia y Carlos Marx produjo el milagro.
Se dice que el Holocausto movilizó la conciencia culposa de Occidente. Israel no necesitó de esa tragedia para constituirse en Estado. Es más, lo correcto sería decir que Israel logró constituirse como Estado a pesar del Holocausto y no gracias a él. El Holocausto, para los judíos, fue la calamidad más grande de su historia y una de las tragedias más dolorosas de la humanidad. El asesinato de seis millones de personas nunca puede provocar un beneficio. Es y será siempre una tragedia.
Más que crear a Israel, lo que las Naciones Unidas hicieron fue reconocerlo. El pueblo de Israel se había ganado el derecho histórico a disponer de su propio hogar nacional. Esta conquista provenía de la historia, de las tradiciones, de las enseñanzas religiosas, pero sobre todas las cosas provenía de la decisión política de un puñado de dirigentes que con imaginación y coraje se plantearon construir una nación moderna en medio del desierto.
Hoy a la palabra sionismo se la usa como un adjetivo. En más de un caso, como un insulto. Sin embargo, el sionismo expresó la experiencia política y cultural más avanzada del judaísmo en el siglo veinte. Israel es un logro de todo el pueblo judío, de socialistas y conservadores, de religiosos y laicos, de askenasíes y sefardíes, de ortodoxos y conservadores, pero fueron las ideas sionistas las que constituyeron la avanzada política y moral para construir un Estado fundado en los principios más avanzados de la época.
Cuando se escucha a integristas musulmanes, stalinistas o neonazis decir que no son antisemitas sino antisionistas, conviene recordar la frase que en su momento dijera Friedrich Dürrenmat: "El mundo no cambió respecto a los judíos, cambiaron los motivos que se argumentan contra ellos". Se puede disentir con esa realidad histórica compleja y matizada que se designa con la palabra sionismo. Diferentes corrientes judías lo discuten. Pero cuando desde la extrema derecha o la extrema izquierda lo impugnan, lo que se hace es impugnar la existencia misma del Estado de Israel. El ataque al sionismo es la coartada del antisemitismo moderno.
Desde su nacimiento, el Estado de Israel fue desconocido por sus enemigos de siempre. Ya en la década del veinte Husseini, el muftí de Jerusalén designado por los británicos, había planificado el exterminio de los judíos. Haj Amin al Husseini no sólo fue un enemigo jurado de los judíos, fue también un aliado incondicional de Hitler, un asiduo visitante a las tertulias que el Fhürer celebraba en su residencia berlinesa, como lo testimonian las fotografías y la correspondencia. El antisemitismo de los integristas musulmanes no empezó ayer.
Se falta a la verdad o lisa y llanamente se miente, cuando se afirma que Israel nació gracias al apoyo de los poderosos. Los poderosos de entonces estaban ocupados en otras cosas. Los poderosos de entonces no habían movido un dedo para ayudar a los judíos que pretendían escapar de los nazis en Europa. Gran Bretaña impidió que los barcos de refugiados llegaran a Medio Oriente. Rusia y Estados Unidos miraban para otro lado o estaban ocupados con sus propios problemas. Los judíos de la Diáspora apoyaban, pero allí también se observaban señales de agotamiento.
Fue una gran mujer, una mujer que por sus ropas y sus modales parecía salida de los relatos bíblicos, la que viajó a Estados Unidos y convenció con su elocuencia y su testimonio a la comunidad judía para que haga el último esfuerzo para sostener la causa de Israel. Esa mujer se llamaba Golda Meier. No estaba sola. A su lado militaban hombres extraordinarios: Ben Gurión, Jain Weizzman, Itzak Rabin, Moshe Dayan. Esos hombres extraordinarios que siempre hacen falta para organizar una nación que merezca ese nombre. "El día que se escriba la historia se dirá que fue una mujer judía la que permitió que exista el estado de Israel", reconoció Ben Gurión.
El relato oficial habla de la guerra declarada por siete países árabes contra el Estado judío. Es verdad. La Liga Árabe desconoció la decisión de las Naciones Unidas de dividir el territorio para que existieran dos Estados. Fueron a la guerra suponiendo que era un paseo y perdieron. Azzam Pashá, el secretario de la Liga Árabe, prometió -tres años después de la derrota de los nazis- el exterminio de todos los judíos. Lo único que exterminó fue la posibilidad de que los palestinos dispusieran de un territorio propio.
Cientos de miles debieron abandonar sus casas, pero un número importante se quedó. Sus descendientes hoy constituyen el veinte por ciento de la población árabe que vive en Israel. No les va mal. En principio, disponen de derechos y garantías civiles, políticas y sociales que hoy no existen en los países árabes. Los relatos más difundidos hablan del drama de los palestinos refugiados. Se sabe menos del millón de judíos que fueron expulsados esos años de los países árabes. Claro que hubo diferencias: los judíos encontraron en Israel un Estado que los protegió. A los palestinos no les pasó lo mismo.
Tampoco los relatos que circulan por el mundo prestan demasiada atención a la batalla por el control de Jerusalén librada entre judíos y musulmanes entre septiembre de 1947 y mayo de 1948. Nueve meses se combatió en la zona. En las calles, en las carreteras, casa por casa. "A cada lado del camino nuestros muertos se amontonan/ El esqueleto de metal está tan silencioso como mi amigo/ íBab el Ved!/ Acuérdate para siempre de nuestros nombres/ Bab el Ved/ en la carretera/ hacia la ciudad", escribe un poeta judío.
Israel entonces ganó la batalla no porque tenía más plata, sino porque tenía más disciplina, más unidad de mandos. Abdul Kader, el carismático jefe de los musulmanes, debió admitir antes de su muerte que su principal enemigo fueron los jeques corruptos y oportunistas de la Liga Árabe, que le negaron la sal y el agua. O sea que para mayo de 1948 los judíos habían aprobado todas las asignaturas que se exigen para constituir un Estado. Un Estado que hoy es uno de los más modernos y justos del mundo. Un Estado con libertades, educación, leyes sociales. Un Estado con problemas, con serios problemas, pero decidido a afrontarlos con la misma convicción, la misma esperanza que animó el corazón y la inteligencia de sus padres y sus abuelos hace sesenta años.
Rogelio Alaniz