Quizá la mejor manera de interpretar lo que pasó ayer en el acto de asunción de Néstor Kirchner sea a través de los contrastes que se advertían, a manera de imágenes superpuestas y difíciles de conciliar. El más obvio, y remarcado hasta el hartazgo, es el que surgió entre el tono conciliador de la presidenta y su convocatoria al diálogo democrático, con la violencia desatada entre los gremios más cercanos al oficialismo.
También constató el rostro sombrío y casi demacrado del ex presidente de la Nación con la exultancia de sus partidarios, y con la imagen triunfal y avasallante que suele acompañar sus intervenciones públicas. Y el hecho de que, en su propio acto de asunción y en un ámbito partidario, no haya sido él quien hable, sino su esposa, que en realidad ostenta una investidura institucional.
Paradójicamente, el relevo fue atribuido, por un lado, a sustraer del primer plano a una figura que ha hecho más por la confrontación que por la búsqueda de consenso. Y por el otro, al propósito de desalentar las lecturas sobre la existencia de un "doble comando" o interferencias del ahora titular del PJ con la gestión gubernamental. Con lo cual la paradoja suprema consiste en que las declaraciones -y las decisiones- de Néstor suelen impactar en el espacio institucional, pero en el ámbito partidario le cedió el lugar a quien hoy por hoy debería estar por encima de él.
Por lo mismo, un nuevo contrasentido se produjo cuando, en su discurso, la presidenta convocó a "todos los argentinos, sin distinción de banderías ni pertenencias", haciéndolo desde una tribuna sectorial y para llamar a la "concertación plural" mientras, seguramente menos por gusto que por necesidad, se apoya en la estructura partidaria. La mesura de su discurso también contrastó con la dureza empleada por otros referentes, por ejemplo Hugo Moyano, que también llamó a dialogar, pero luego de advertir que estaba dispuesto a salir a romper los piquetes con camiones.
Quizás, en realidad, más que una vía de acceso a la comprensión, reparar en estas incongruencias sea un pasaporte al desconcierto. Pero también es cierto que el cambio de escenario forzado por el conflicto agropecuario requiere un replanteo político profundo desde el gobierno, no sólo para encontrar el mejor camino en la actual encrucijada, sino también para seguir adelante de manera apropiada. Tomar nota de los contrastes, reconocer diferencias y tratar de superar contradicciones, parece un procedimiento recomendable para incorporar al "relato" con que la presidenta aspira a organizar el complejo marco en que le toca desarrollar su mandato, y actuar en consecuencia.
Emerio Agretti