Opinión: OPIN-02 Morir por seguir amando

Nidya Mondino de Forni

Los españoles de los siglos XVI y XVII fueron pródigos tanto en sostener empresas de conquista y de colonización, como en disponer de los medios de registrarlas y exaltarlas en crónicas (relación ordenada de los hechos históricos) y en poemas memorativos. Martín del Barco Centenera, eclesiástico, enrolado en la expedición de Ortiz de Zárate, fue el primero en tomar nuestra región como tema principal de una obra pensada y escrita con intenciones literarias. Remontó el río Paraná, por etapas, estableciendo contacto con las poblaciones indígenas, descubriendo con asombro la diversidad del paisaje, la inagotable novedad de las islas. Es lógico que su obra se ajuste en lo esencial a la literatura española de la conquista, pero sus notas regionales acreditan un carácter inaugural para nada desdeñable. Sobre el tema es posible leer también y valorizar la crónica "La Argentina" de Ruy Díaz de Guzmán, en la que la mención de la muerte de Lucía Miranda, y de los trágicos amores que alimentaron por ella los hermanos Mangoré y Siripo, vinculan a este texto con la literatura. En el fuerte fundado por Gaboto, próximo al lugar donde el río Carcarañá vierte sus aguas sobre el Paraná, se habría producido por el año 1532 un sangriento motín de aborígenes. Ruy Díaz de Guzmán, apoyándose aparentemente en los simples indicios de la tradición oral, ubica en el centro de ese conflicto el arrebato pasional del cacique Mangoré. Muerto este durante el intento de raptar a Lucía, su hermano Siripo toma bajo su protección a la española hasta que, disuadido de sus vanas esperanzas, ordena arrojarla a la hoguera. La fidelidad de la mujer por su marido, sostenida hasta el martirio, resultó un tema de apreciable vitalidad y poder de seducción.

De la crónica "La Argentina" y por la probable mediación de los informes de algunos historiadores jesuitas, pasó a la literatura también del Siglo XVIII. Entre otros, el valenciano Lassala publicó la tragedia "Lucía Miranda" y luego se estrenó en Buenos Aires (1789) el "Siripo" de Lavarden, insinuándose ya el gran tema de la existencia de un conflicto entre las mentalidades y los intereses del indio americano y el conquistador español. Se cree sería esta la obra en cartel en el Teatro de la Ranchería o Casa de Comedias (1792) cuando se produjo el incendio (por un cohete) que terminó con la destrucción total de la endeble construcción.

Casi un siglo y medio después (1937) se estrenó en el Teatro Colón de Buenos Aires la Ópera "Siripo" del músico argentino Felipe Boero (1884-1958), inspirado en la tragedia de Lavardén, con libreto de Luis Bayón Herrera.

La acción se desarrolla en tres actos. Es en el fuerte de Sancti Spiritu donde los españoles, al mando de Nuño de Lara ven transcurrir los días monótonos y sin alternativas de ningún tipo, pues los indios timbúes se presentan mansos y obedientes a todas las exigencias de los conquistadores. Pero el odio al invasor germina en el seno de la tribu, azuzado por Siripo. Su hermano Mangoré, en cambio, se muestra indeciso y dispuesto a claudicar, porque se halla locamente enamorado de Lucía, esposa de Hurtado, a quien ha acompañado en la temeraria aventura. Siripo consigue convencer a Mangoré que resuelve atacar a los españoles por sorpresa, con la condición de apoderarse de Lucía sin causarle ningún daño. La ocasión que elige Siripo para penetrar en el fuerte y exterminar a los españoles, es la ausencia momentánea de las tropas comandadas por Hurtado. Entre el fragor de la lucha y el incendio que provocan los timbúes, Mangoré muere y Siripo se apodera de Lucía, reclamando el exterminio de los conquistadores para vengar la muerte de su hermano. Siripo ha heredado de Mangoré, además del cacicazgo, la pasión avasalladora por la mujer blanca, ante la preocupación de los timbúes que ven en tal actitud un presagio de grandes males para la tribu... El amor de Lucía hacia su esposo queda demostrado... Al fin ayudados por un indio fiel a los españoles, pueden llegar al barco que vigila las costas del Paraná más son descubiertos y acribillados a flechazos. Siripo, al ver caer a Lucía, no puede contenerse y sollozando exclama: "íMatadme a mí también! íMatadme a mí con ella!".

Aunque nadie ha logrado probar que los personajes de esta tragedia hayan tenido existencia histórica, lo cierto es que:

"Lucía, la bella española, es secuestrada una y otra vez a lo largo de los siglos, como un mal sueño que no quiere irse, pero que nunca termina de ser contado" (Susana Rotker).