Las últimas mediciones internacionales señalan que el barril de petróleo vale 130 dólares. Las evaluaciones más pesimistas pronostican que con este ritmo es probable que para mediados del año que viene llegue a 200 dólares. Las cifras son elocuentes y merecen ser cotejadas con algunos datos del pasado. Cuando George Bush ordenó iniciar la guerra contra Irak el barril de petróleo costaba 26 dólares. Puede decirse que a partir de esta decisión el valor del petróleo se quintuplicó. Si los motivos humanistas no alcanzan para condenar la invasión a Irak, estos datos contundentes deberían servir de pauta de medición o -según se mire- de escarmiento.
En su reciente visita a Oriente Medio, Bush verificó que los problemas políticos y militares siguen intactos. Las causas que pretendieron justificar la intervención militar se mantienen y, en la mayoría de los casos, se han agravado. Afganistán está muy lejos de ser un remanso de paz. Los aliados en Pakistán y en Arabia Saudita son poco confiables. La nación más beneficiada por la invasión yanqui ha sido paradójicamente Irán, que no sólo ha valorizado su petróleo, sino que se ha liberado de su enemigo más tenaz, el que le ponía límites a su expansión: Saddam Hussein.
El poder económico de Venezuela, ejercido por el presidente Hugo Chávez, enemigo declarado de Estados Unidos, ha crecido gracias a que el barril de petróleo se ha valorizado como nunca. Si antes de la intervención en Irak, Estados Unidos tenía serios problemas para abastecerse de petróleo, ahora estos problemas son más agudos o más caros. A ello hay que sumarle la demanda de energía por parte de la India y China, que si bien están todavía lejos del consumo de los países centrales de Occidente, por su constante crecimiento muestran una tendencia irreversible.
Hace diez años, Estados Unidos importaba algo más del 25 por ciento de petróleo. Hoy supera el cuarenta por ciento y, en poco tiempo, sobrepasará el cincuenta por ciento. Los viajes de Bush a Medio Oriente no han logrado revertir esta tendencia; tampoco sus tropas. Sus amigos de Arabia Saudita no abaratarán el petróleo, entre otras cosas porque no les conviene y es probable que tampoco les interese.
Tal como los hechos se empecinan en presentarse, los problemas que se abren hacia el futuro en la materia son graves. El principal recurso energético que lubrica a las sociedades industriales empiezan a escasear y, como consecuencia de ello, a encarecerse. El sentido común aconsejaría empezar a buscar recursos alternativos. Las investigaciones científicas han avanzado en este terreno pero los resultados prácticos son hasta ahora insignificantes.
Los próximos años estarán condicionados por este problema. Hasta la fecha, las sociedades capitalistas han funcionado gracias al petróleo y, sobre todo, al petróleo barato. Esta etapa está llegando a su fin y muchos de los problemas que hoy agitan al mundo están relacionados con esta crisis.
En la mayoría de los países existe la convicción de que el petróleo es un recurso estratégico y como tal hay que tratarlo. Sin embargo, pareciera que la clase dirigente argentina todavía no ha tomado conciencia del problema.