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Ignacio Andrés Amarillo
El ritmo firme de la música tropical ya indica al transeúnte desprevenido que la vida del local de Rivadavia 2747 ha cambiado. Los vidrios frontales finalmente han sido removidos, habilitando el acceso al gran salón. Dos paneles de madera terciada, diseñados para sostener discos compactos, yacen vacíos sobre uno de los laterales, tal vez con la intención de ganar pícaramente un espacio a la calle. La banda de sonido se completa con los chispazos de la soldadura eléctrica, herramienta necesaria para la terminación de las estructuras de cada puesto, que toma la identidad de la mercadería ofrecida.
Entre los puesteros que durante más de siete años ejercieron su actividad en el parque Alberdi cunden los rostros expectantes, esperando que sus viejos clientes se den una vuelta por la Feria Popular Rivadavia, tal el nombre que anuncia el cartel verde casi fluorescente que se encarama sobre la entrada. "Ojalá que funcione, porque ya estoy bastante enferma de los nervios", afirma una comerciante con una sonrisa en los labios.
Tímidamente, el público comienza a acercarse a la feria, esquivando el ir y venir de los puesteros: alguno colocando una estantería, otro colgando alguna prenda, o disponiendo las cajas de los DVD para su mejor lucimiento. De a poco, alguien pregunta por un CD de su grupo favorito ($5), por la última película de algún galán de turno ($10 los DVD, con entre una y cinco filmes, o cuatro VCD por $10) o por unos vistosos anteojos de sol ($20). Los que quieran enfrentar el cambiante clima santafesino pueden optar por medias, buzos, gorros y hasta la camiseta de su "cuadro" (como se decía antes).
"Hoy todos vienen con 100 pesos", protesta una vendedora, mientras le pide cambio a un colega: rápidamente aparecen los billetes de 10 y 20, indicando algún incipiente movimiento comercial.. o al menos algún grado de previsión. "Si tenés algún problema traelo y lo cambiamos", afirma Roberto, una de las caras visibles durante el conflicto, mientras envuelve un DVD en una primorosa bolsita a lunares blancos y morados.
Uno de los temas que había sido polémica durante las negociaciones entre el Ejecutivo municipal y los vendedores era el de los baños: hasta tres baños químicos llegaron a desembarcar en el local, apiñados en el patio, aunque los que venían a instalarse decían que iban a dejar uno solo para los hombres,y que como baño de damas iba a fungir el sanitario existente. Al día de hoy ése es el único que funciona, pues los nuevos habitantes pidieron el retiro de la casilla química: al parecer, los aromas que de allí surgían no eran precisamente de rosas y jazmines...
Pero nada de esto les hace perder el buen ánimo a los flamantes inquilinos. Están convencidos de que fueron ellos quienes revitalizaron el viejo parque Alberdi "porque no iba nadie", y cifran sus esperanzas en que podrán hacerlo de nuevo con esta flamante ubicación. Sólo el tiempo dirá si la razón los acompaña.
Otra postal diferente ofrece el histórico Parque Alberdi. Una imagen espaciosa, vacía, recibe al paseante que se pare en la intersección de Rivadavia y cortada Falucho. Parece que siempre hubiera estado así, aunque el ojo y la memoria apuntan que allí falta "algo". Nada queda de la presencia de los puestos que allí funcionaron, o casi nada: el poste de una vieja farola, sin la roseta de luces, o la tierra pelada, sin pasto, de la zona antes cubierta (estampa que, vale decir, ostentan otras plazas que nunca tuvieron comercio callejero). Ahora llegó el tiempo de que el municipio lave la cara de este espacio público, para que recobre el esplendor de épocas pasadas.