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Rogelio Alaniz
Se sabe que ganar una interna partidaria es difícil, pero ganar las elecciones generales lo es mucho más. Este principio en Estados Unidos es el abc de cualquier político con ambiciones. Barack Obama no es la excepción. Conoce muy bien las dificultades que se avecinan y los riesgos que corre. Festejó la victoria contra Hillary, pero sabe que lo más importante está adelante no atrás. El primer filtro será la convención del Partido Demócrata. Allí deberá definir, entre otras cosas, a su vicepresidente. El cargo no tiene demasiada importancia, pero su valor simbólico para expresar las relaciones de fuerza en el interior del partido puede ser decisivo para afrontar la batalla de fondo.
En una convención se conversan muchas cosas. Se intriga, se trafican influencias, se movilizan recursos multimillonarios y se teje la trama del poder. Allí no hay ni conservadores ni liberales, hay intereses. Esta afirmación, de todos modos, hay que relativizarla: el interés dominante en una convención partidaria es ganar las elecciones. Para el descarnado realismo yanqui la primera condición es llegar al poder. Todos los intereses particulares o regionales se subordinan a ese objetivo.
La primera discusión que deberán afrontar los convencionales será sobre la conveniencia o no de que Hillary acompañe a Obama como vicepresidente. Hasta el momento las opiniones de los analistas están divididas. A favor de Hillary juega su personalidad política, los votos que obtuvo, su ascendiente sobre la franja del electorado blanco trabajador, sus victorias en los principales Estados.
La opinión de quienes se oponen a que Hillary sea vicepresidente también es interesante. Estos analistas consideran que Hillary hoy no suma votos a Obama. Con algo de lógica consideran que los votos para el cambio ya están ganados y lo que importa ahora es ganarle los votos a McCain. Por lo tanto, no hay que proponer un candidato que sea más de lo mismo, sino uno que represente al electorado que hoy no ha definido su voto.
Para unos analistas, Hillary suma; para otros resta. Unos creen en la aritmética de la interna; los otros aseguran que en política las sumas mal planteadas producen resultados inversos. La decisión final le pertenece a Obama. Qué pasa por la cabeza de un candidato o qué variables son las que debe atender para actuar, son secretos a los que ningún observador puede acceder. Lo único que se puede hacer en estos casos es deducir algunas consideraciones sobre los requisitos a los que se suelen someter los políticos.
En principio, Obama no debe estar muy interesado en una vicepresidente que disponga de poder propio. Las declaraciones de Hillary en ese sentido autorizan a pensar que no se propone ser una vicepresidente dedicada a inaugurar estatuas. Las pretensiones de Hillary son legítimas, pero Obama no tiene por qué hacerse cargo de ellas. Hay una segunda dificultad que conspira contra la candidatura de Hillary. Esa dificultad se llama Bill. Obama sabe que con Hillary en la vicepresidencia compra dos problemas: la esposa y el marido. Ninguno de los dos se va a resignar a jugar un rol decorativo.
El único punto a favor de Hillary es que su presencia en la fórmula sea indispensable para el triunfo. Sólo en esas condiciones Obama podría aceptar esa compañía y correr los riesgos del caso. Por ahora, Obama y Hillary se tiran rosas y claveles. Ninguno de nosotros tiene la obligación de tomarse demasiado a pecho tantas gentilezas.
La convención del Partido Demócrata será muy interesante porque todos sospechan que allí lo que se decide es el poder político en Estados Unidos. La certeza de que los republicanos no podrán mantenerse en la Casa Blanca para muchos es un valor de fe. La historia de las últimas décadas en Estados Unidos enseña que los períodos de poder de un partido nunca exceden los ocho años. Todo está dado para que los demócratas ganen las elecciones de noviembre. Todo está dado, pero en política nadie puede darse el lujo de festejar por adelantado. Mucho menos en Estados Unidos.
John McCain no es un rival para subestimar. Es inteligente y aguerrido. Además es astuto. Y si es necesario jugar sucio lo va hacer. Los republicanos suelen ser especialistas en esos menesteres. McCain no ignora que las encuestas lo dan perdedor, pero sabe que las encuestas se pueden dar vuelta. Las internas del Partido Demócrata han sido excepcionales, han permitido la participación de mucha gente, pero también han lastimado a los candidatos. A esa ventaja, los republicanos no la van a dejar pasar.
McCain es republicano, pero de ello no se infiere que no se diferencie de Bush. Esas diferenciaciones tienen sus límites, pero en una determinada coyuntura pueden llegar a ser decisivas para el electorado. Los republicanos no le van a regalar a Obama la bandera del cambio. La van a plantear a su manera, pero la van a plantear. No están jugando la presidencia de un club de bochas, están jugando el poder del imperio y están dispuestos a actuar en consecuencia.
Obama es un candidato carismático. Encantador, lúcido, encarna las expectativas de cambio de muchos norteamericanos. Se lo presenta como el candidato negro y lo es, pero no tanto. Es hijo de un negro de Kenia y de una mujer blanca. Para el folclore yanqui es importante que no descienda de esclavos. Dispone de otras virtudes simbólicas: estudió en Harvard y es buen mozo. Lo veía lucirse en la televisión y me acordaba de Sydney Poitier en "¿Sabes quién viene a cenar?". Poitier, como Obama, son los negros que todo blanco culto y progresista está dispuesto a aceptar.
Habría que ver si los negros reales, los que no son ni cultos ni lindos, piensan lo mismo. Y habría que ver qué sucede con los blancos pobres, esos blancos curtidos por el resentimiento, la mediocridad y la cerveza barata. Esos blancos derrotados que responsabilizan a los negros de sus desgracias y que no pueden permitirse que un negro sea más que ellos.
En otros tiempos, los militantes negros juzgaban con términos peyorativos a los paisanos que se esforzaban por parecerse a los blancos. "Tío Tom" se les decía para descalificarlos, recurriendo a la novela que los describía serviles con sus amos.
Desde los tiempos del Ku Klux Klan ha corrido mucha agua debajo de los puentes. Los negros ocupan hoy cargos importantes en las gestiones demócratas y republicanas. La tradición o el prejuicio de que el presidente norteamericano debe ser blanco, protestante y de ojos azules se ha ido degradando, al ritmo de los de la conquista de los derechos civiles, las inmigraciones y la corrección política.
Sin embargo, se sospecha que en "la América profunda" estos prejuicios siguen siendo muy fuertes. No es casualidad que en estos días se haya empezado a hablar del "efecto Tom Bradley" para referirse al candidato negro que hace más de treinta años estuvo a punto de ganar la gobernación de California. Entonces todo parecía estar a favor de su victoria, hasta que llegó el día del escrutinio y perdió. Fue allí cuando se supo que muchos blancos, que de la boca para afuera decían estar a favor de Bradley, cuando llegó la hora de la verdad se negaron a votar a un negro.
¿Le pasará lo mismo a Obama? No lo sabemos. Por lo pronto, nos alcanza con saber que su viaje a la Casa Blanca no será un paseo. En América Latina y en Europa la opinión pública considera que Obama es un número puesto. Es probable que así sea, pero a riesgo de ser un aguafiestas, advierto que al presidente de Estados Unidos lo elige el electorado de Estados Unidos. Si así no hubiera sido, Bush jamás habría sido presidente.