La génesis y la trayectoria de los nombres del continente latinoamericano constituye el cometido de "Crear la nación" un libro compilado por José Carlos Chiaramonte, Carlos Marichal y Aimer Granados y publicado por Sudamericana.
Nos enteramos, entre tantas otras cosas, que Brasil proviene de la abundancia en el lugar de "palo de brasil", un árbol cuya madera era usada como tintura y colorante de paños, y para la fabricación de instrumentos musicales. O que Bolivia es un neologismo creado en 1825, derivado de "Bolívar", el nombre con que se bautizó la temprana república. O que aún se discute sobre la naturaleza del nombre de Perú (una de las más verosímiles sostiene que proviene de la corrupción lingüística de Birú o Virú, cacique de los territorios al sur de Panamá. O que en el caso de México, el nombre se refería durante la época colonial a la ciudad capital del virreinato de la Nueva España, mientras que el gentilicio mexicano se utilizaba para designar a la población de origen indígena, en particular aquellos que hablaban náhuatl.
Como señalan los compiladores, el estudio de los nombres de las naciones latinoamericanas "ha sido materia de algunos trabajos aislados, pero rara vez se han analizado colectivamente, permitiendo establecer comparaciones y también contrastes".
Como sabemos, finalmente, fue el arcediano Martín del Barco Centenera quien inició en 1602 el uso del adjetivo latinizante argentino, con el valor de "rioplatense": Reino Argentino, Argentina Provincia, Río Argentino, mozos argentinos, ninfas argentinas, gobierno argentino. "Además, sustantivaba el adjetivo: el Argentino era a la vez el nombre del río y de la región. En cambio, Argentina, contra lo que se ha creído, no es más que título del poema. Del uso de ese adjetivo, limitado inicialmente a la lengua poética, saldrá posteriormente el gentilicio y el nombre de la tierra", escribe Chiaramonte, a quien se debe el capítulo correspondiente a nuestro país.