El gobierno corrió el eje de la discusión sobre retenciones al uso de los fondos, porque cree que la realidad se moldea a golpes de planilla.
El de anoche fue un montaje para poner en retirada política a la protesta rural. La creación de un "fondo de redistribución social" muestra que el gobierno sigue creyendo que puede exorcizar conflictos a golpes de planilla y también que la población ignora la enorme brecha entre los anuncios y las realizaciones oficiales, desde el Gran Gasoducto Sudamericano hasta las sucesivas versiones del Plan Federal de Viviendas o el Plan Nacional de Seguridad.
La presidenta repitió que el esquema de retenciones móviles que desencadenó el conflicto con el campo sirve para garantizar la "soberanía alimentaria" del país y redistribuir mejor el ingreso.
Si así fuera, las medidas deberían apuntar no sólo a garantizar el acceso a los alimentos a todos los argentinos, sino también a apuntalar la producción agroalimentaria. Una cosa sin la otra es un contrasentido, un discurso vacío. Y de hecho, todo indica que el efecto neto de las medidas y del aún irresuelto conflicto será una caída de la producción rural.
El gobierno afirma, por caso, que quiere frenar la "sojización" y estimular la producción de maíz, leche, carne y trigo. Esto significaría revertir las principales tendencias agropecuarias durante la gestión de Néstor Kirchner, cuando la soja ganó cada vez más espacio de la mano de los ahora demonizados "pooles de siembra" y porque Äpor no ser parte de la "canasta de consumo" localÄ fue el cultivo menos expuesto a los designios del poder K. En particular, a las arbitrariedades del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, siempre con el objetivo de garantizar la provisión (de lo que fuere) a precios "razonables", "adecuados" o adjetivos parecidos.
Por doloroso y absurdo que sea el derramamiento de leche en las rutas, mucho peor y más relevante en la práctica es que, según un estudio del International Farm Comparison Network, un centro de estudios alemán, la Argentina es el país del mundo en el que la producción láctea más cayó en el último quinquenio. Sólo entre 2006 y 2007 la producción lechera argentina disminuyó en casi 800 millones de litros y en el primer trimestre de este año las exportaciones lácteas cayeron 40 por ciento.
Está bien que todos los argentinos Äen especial los niñosÄ consuman toda la leche que necesitan. Pero es absurdo que se produzca cada vez menos, cuando el precio y la demanda mundiales son cada vez mayores.
Ese contrasentido no será resuelto por un Power Point de hospitales, viviendas y caminos de papel, pergeñado entre gallos y medianoche en Olivos.
vn