En este barco estamos todos. En este país vivimos todos. Ciertos debates nos incluyen por el hecho de habitar el mismo territorio y compartir no sólo ese espacio sino una idiosincrasia que nos junta aunque no siempre nos une.
Hay temas que se discuten por días, meses o años y que lo único que generan es el distanciamiento entre personas que, en general, coinciden en el fondo, aunque disientan en las formas. Ahora es el campo y su enfrentamiento con el gobierno; se habla de lock-out, de manos que entran en bolsillos ajenos, de pobres, de redistribución de la riqueza, de gestos solidarios, de compartir. Todo es atendible por donde se lo mire. Pero cuando cada cual atiende su juego y se priva de una visión más amplia, la argentinidad se esfuma.
La generosidad es una virtud en vías de extinción. Las reglas de estos tiempos cambian con una velocidad fenomenal. Y así como hay términos que han caído en desuso, el pensar más allá de los propios intereses está fuera de moda. Al bien general, lo contempla la Constitución que está en vigencia aunque a veces lo olvidemos.
Un esfuerzo que nos enaltecería como protagonistas de esta época y de cara a nuestros nietos, sería ponernos en el sitio exacto del país que les queremos dejar. Haciendo concesiones, escuchando al otro, aprendiendo que no hay una verdad sino muchas; tantas como personas digan poseerla. Ya no se piensa en términos de derecha o izquierda, y esas posiciones antagónicas sólo son palabras en discursos anacrónicos. Ahora la fábrica de pobres y excluidos es propiedad de capitales sin apellidos ni posiciones políticas, esos que hoy tanto invierten en la bolsa como mañana descubren lo conveniente de la construcción o las ventajas de los pooles de siembra. En esa timba, ningún pobre tiene nombre ni necesidades, la competencia por mayores ganancias es feroz y poco importa cuántos seres humanos queden en el camino. Si los que todavía creemos en una sociedad que siga ciertos códigos, donde todos estemos incluidos y contenidos, y podemos superar diferencias que sólo exigen de gestos generosos, podremos dejar de vivir en un país en el que cuesta despertar cada mañana.