María L. Lelli
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A fuerza de cuentos de hadas y mandatos patriarcales, la industria cultural se ha encargado de reproducir en el imaginario femenino la necesidad de esperar que los sueños se cumplan. Y en ese sentido, el cine ha construido y sostenido, con variantes y acorde a los modelos de cada época, la representación social de lo que sería una mujer feliz. En los tiempos que corren, quizás sea plausible considerar que la imagen tradicional de ama de casa eficiente, esposa fiel y madre abnegada haya sido desplazada por la de profesional independiente y, en lo posible, tan bella como exitosa. Aún siendo así, la comedia romántica ha operado en la reproducción de ambos estereotipos, incluso fusionándolos.
El caso de "Sex and the City", la serie que irrumpió en los "90 para ironizar sobre aquellos patrones, se estructura en su versión fílmica en los más canónicos y clásicos criterios del género.
La película homónima (Sex and the city, Estados Unidos, 2008), dirigida por Michael Patrick King, podría sintetizarse como un muy extenso capítulo de más de dos horas de duración. Aunque acaso sea más pertinente definirla como una saturada vidriera de glamorosas marcas, cuyo argumento edifica la idea de la Gran Manzana, y en especial Manhattan no el menos sofisticado Brooklyn-, como un maravilloso mundo donde las fantasías se hacen realidad. Desde esa perspectiva, Nueva York es concebida como el ámbito privilegiado para hallar al hombre de los sueños, lucir auténticos zapatos Manolo Blahnik y deslumbrar a todos con un vestido diseñado por Vivienne Westwood.
Bajo tales presupuestos, el eje de la trama -luego de cuatro años desde que finalizó la última temporada televisiva- se articula en torno del casamiento de la escritora Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) con Mr. Big (Chris Noth), quien se acobarda y deja a la novia en la más profunda depresión.
Sus incondicionales amigas también atraviesan algunos cambios personales. Charlotte York (Kristin Davis) continúa con su idealizada vida familiar y explota de alegría ante la noticia de su tan ansiado embarazo. Miranda Hobbes (Cynthia Nixon) se ve desbordada por las cuestiones del hogar y la maternidad. Y cuando Steve, su marido, le confiesa con una terrible culpa que le ha sido infiel sólo por una noche, ella lo condena de manera irreversible. Por suerte, Samantha Jones (Kim Cattral) conserva su espíritu descontracturado y aporta al grupo la vital cuota de diversión. Instalada en Los Angeles, junto a su novio súper estrella hollywoodense, protagoniza una de las más destacables escenas del filme al acostarse en una mesa y cubrir su desnudez con sushi. En ese mismo tren, el humor se abre paso entre un episodio escatológico que atraviesa Charlotte cuando el cuarteto se toma un recreo en México, y la perrita sexópata adoptada por Samantha.
Ahora bien, al ubicar el foco en el nudo argumental cabría preguntarse ¿por qué la protagonista de esta historia titulada "Sex and the City" ("sexo y la ciudad", en su traducción literal) es la única de las cuatro que no mantiene una escena de sexo? A sus 40, el personaje de Carrie parece haber cumplido el sueño del amor asociado al del matrimonio que habrá de concretarse en un alucinante penthouse de la Quinta Avenida. Una suerte de giro dialéctico para el final de un cuento que lejos ha quedado de mirar con sarcasmo los avatares de las relaciones humanas en la gran ciudad.