A nadie se le ocurriría discutir si Charly García es, o no, un personaje público. De hecho, forma parte de la cultura, de la música, de la farándula y hasta del escándalo nacional desde hace décadas. Para muchos en el país, y a pesar de que algunos puedan incomodarse, se trata de una parte importante del "ser argentino" de finales del siglo XX y principios del XXI.
No es casual que Charly se haya convertido en una persona pública. A su talento musical y a sus éxitos, se le suma el hecho de que él mismo y de manera consciente utilizara los medios de comunicación para mostrar sus creaciones y también para venderse como una suerte de objeto de consumo masivo.
Por todo esto, su último escándalo, protagonizado en un hotel mendocino donde destrozó todo a su paso, no podía estar ausente en los medios. No se trató de una persona desconocida con un ataque de nervios. Fue Charly, ni más, ni menos.
Sin embargo, el derecho a informar y a estar informados tiene límites. Durante las últimas horas, un canal nacional de televisión emitió un video registrado en el momento en que el cantante era "dominado" por los paramédicos en la habitación del hotel. Allí aparece Charly García, desnudo, tirado en el piso, preso de un cóctel de drogas, ansiolíticos y alcohol.
¿No alcanzaba con informar al público sobre lo que había ocurrido, sin necesidad de emitir este video que muestra a un ser humano en situación degradada, atormentado y enfermo?
El periodista Javier Darío Restrepo, director del consultorio ético de la Fundación Nuevo Periodismo creada por Gabriel García Márquez, afirma que "en nombre de la libertad de expresión no es lícito invadir la intimidad ajena. Mucho menos si la libertad de expresión se utiliza como excusa para hacer negocio con esa intimidad, como sucede con la prensa sensacionalista".
Uno de los casos más resonantes de violación a la intimidad de personajes públicos en la Argentina se produjo con el líder radical Ricardo Balbín, cuando la revista Gente publicó una foto del político con el torso desnudo, en una sala de terapia intensiva, conectado a sondas que lo mantenían con vida. Pocas horas después, el político falleció.
Los familiares acudieron a la Justicia por considerar que la revista había violado la intimidad de este hombre agonizante. En 1984, la Corte Suprema de Justicia de la Nación le dio la razón a los demandantes y en su fallo sostuvo que "el lugar eminente que sin duda tiene en el régimen republicano la libertad de expresión (...) no autoriza al desconocimiento del derecho de privacidad integrante también del esquema de la ordenada libertad prometida por la Constitución, mediante acciones que invadan el reducto individual, máxime cuando ello ocurre de manera incompatible con elementales sentimientos de decencia y decoro".
Las normas de ética periodística difícilmente pueden ser abarcativas o universales. De hecho, cada caso es particular y requiere de una toma consciente de decisiones por parte de los periodistas y medios de comunicación. Como ocurriera con los casos de Balbín, Nora Dalmasso o tantos otros, el daño ya está hecho. Lo que sigue sin aparecer, al menos en la Argentina, es un serio proceso de autocrítica por parte del periodismo.