Opinión: OPIN-02
Apuntes de política provincial
Niño que trabaja y conflicto
Cada chico "cartonero" o limpiavidrios es un desafío para la sociedad. Foto: Archivo El Litoral

Teresa Pandolfo

Bajo el lema "Educación, la respuesta acertada al trabajo infantil", se recordó el 12 de junio el día mundial contra esa práctica, institucionalizado por la Organización Internacional del Trabajo. Actos, escritos y discursos apuntaron a que la sociedad asumiera que los niños no deben ser obligados a realizar tareas inapropiadas para su edad y circunstancias.

En la Argentina, la fecha cayó en el marco de uno de los conflictos más serios de la historia reciente, que puso al desnudo tanto la ausencia de valores y cerrazón del gobierno nacional para resolverlo, como de prácticas de desempeño y de protesta de base perversa. Esto se vio del lado del gobierno, de los productores, primero, y de los transportistas de granos, después.

Unas son las razones y los legítimos derechos por luchar en favor de ellas, y otro, el daño al conjunto por las metodologías empleadas. Todo llevó al enfrentamiento, a la desunión, a romper los vínculos de responsabilidad social.

Se traspasó un límite y faltó desde arriba voluntad para resolver el problema por medio de un proceso negociador constructivo. Parte del país se paralizó y la referencia no es sólo por los camiones ocupando las rutas, sino por el sinnúmero de actividades que han sufrido las consecuencias del largo conflicto del gobierno con el campo.

La Argentina como sociedad se empobreció económicamente y en sus vínculos.

¿Qué relación existe entre la fecha que se recordó el 12 de junio y el conflicto de marras? Ninguna, o toda, según se la quiera ver y analizar.

Soledad y familia

Un niño o un preadolescente obligado a trabajar es aquel cuya familia, si cuenta con ella, no puede mantenerse dignamente.

El empobrecimiento del país, en un plano, quita fuentes de trabajo y oportunidades de realización personal, especialmente a los menos capacitados; pero, en otro, quita ilusiones, quita cordialidad interna y genera actitudes en solitario como "sálvese quien pueda".

Mientras se redactaban los presentes "Apuntes...", esta periodista miraba la silueta que figura en los afiches relativos al Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Se observa la figura de un niño "cartonero", la misma imagen que diariamente se encuentra en cualquier esquina céntrica al atardecer.

Cientos de niños de esta ciudad, para poner un ejemplo cercano, revisan la basura para extraer de ella lo que pueden comercializar, o que les sirva de alimento o abrigo.

¿Alguna vez pensamos en la soledad, en la desolación de estos niños que "molestan" al tránsito? Alguien detrás de ellos oficia de implacable patrón: o es su lacerante circunstancia, o es un adulto, progenitor o no, que los presiona.

Ex profeso se pone la mira en la soledad, en ese drama íntimo desnudado sin piedad, y no en la inconveniencia de la tarea que realizan.

¿Alguna vez políticas recientes han puesto el acento en que lo fundamental que para un niño es su contención afectiva por parte de la familia? ¿Se utiliza la palabra familia en el discurso oficial, o seguimos hablando del niño como un individuo aislado?

El "jardín de los juegos" que se pretende dar, ¿no tiene un punto de arranque anterior, que es la familia legítimamente constituida y las oportunidades que la sociedad debe darle a ese núcleo para desenvolverse?

Es cierto que la educación abre horizontes, pero el primer proceso socializador y educador tiene lugar en la familia. Luego, la complementa la escuela; pero nunca debería sustituirla.

Para que una familia sea fecunda en su función, se la tiene que reconocer como centro de crecimiento social. Las políticas deberían estar orientadas a que esos progenitores tengan trabajo digno, vivienda, acceso a los servicios esenciales, entre otros factores que componen una situación básica para un desenvolvimiento normal.

¿Cuál es el futuro?

Pero la Argentina parece empeñada en elegir el camino contrario. Pretendemos que sean el Estado u otros actores quienes asuman las responsabilidades que, por competencia natural, tiene un matrimonio respecto de sus hijos.

En otro plano, frenamos la producción, ponemos trabas a las exportaciones en áreas en las que somos competitivos y hacemos retroceder a la industria y al consumo.

En un tercer plano, confrontamos en lugar de conversar para conocernos y comprendernos. Si no nos escuchamos, si luchamos por nuestra situación y perdemos de vista el conjunto, si una diferencia de visión pretende resolverse haciendo parecer al otro como enemigo, ¿cuál es el futuro? Posiblemente, más niños solos, que se ganen el sustento siendo cartoneros y viviendo en la calle.

En estos casi cien días de conflicto entre el gobierno y el campo, la Argentina por lo menos mostró otra cara, otro perfil. Posiblemente haya un país distinto, después de lo que estamos viviendo.

Quedó demostrado el peso de la actividad rural en el conjunto de la economía argentina y su efecto sobre otras actividades. Y, además, cómo está ligada a la vida de gran parte del interior.

Cuando al campo le va mal, el interior sufre la carencia de actividad económica. Cuando al campo le va bien o muy bien, sus efectos llegan a un sinnúmero de actividades y se multiplican los puestos de trabajo, las "changas" para los menos calificados y se siente la prosperidad.

Pero, paralelamente, el conflicto ha puesto al desnudo gravísimas falencias como comunidad organizada. Casi sin advertirlo, hemos ido perdiendo la República y la función de sus instituciones centrales. ¿Encontraremos la fuerza cívica y los caminos para revertir esta pendiente? Para esta periodista, el interrogante queda sin respuesta.