La polémica creada en torno a la admisión de Charly García en la sala presidencial del hospital Argerich es uno de los tantos eslabones de la cadena que une al mundo de los políticos con la farándula. Más allá de los méritos artísticos del músico, la pregunta que surge es hasta dónde ese hecho -el de ser un músico reconocido- puede hacerlo tan diferente de cualquier persona necesitada de atención médica. No son originales los actuales gobernantes. Muchos otros descubrieron antes la pasión por el mundo del jet set. A los encantos de la farándula no pudieron resistirse Menem y sus funcionarios; los retrataban más fotos de la revista Caras que las de publicaciones políticas. De la Rúa se dejó tentar por el rating de Tinelli y así le fue. Antes hubo quien mostró su enorme colección de corbatas en el placard de su departamento abierto para los periodistas de una revista de celebridades. Kirchner era un abonado de CQC y su esposa alteró una agenda importante para charlar con Naomi Campbell.
Imitando lo que hacen sus colegas europeos, los políticos de estas pampas viven codo a codo con el mundo artístico. Así como Sarkosy juró amor eterno a una bella modelo, o como Berlusconi (que se decidió por la política luego de ser un hombre de los medios) aparece envuelto en mediáticos romances, los nuestros no pierden tiempo. Y mientras arde el país, un ministro, tremendamente implicado en el fuego, tiene tiempo y energías para preocuparse de la salud de Charly. Y está bien que lo haga. Los seguidores del rockero estarán agradecidos por el gesto. Y aunque no se sea fanático de él, la conducta es elogiable.
Lo que cuesta entender, quizás, es el hecho de que un funcionario se ocupe en persona de exhibirse como el más generoso de los fanáticos de Charly, mientras no demuestra la misma solidaridad para buscar la forma de aumentar los cincuenta centavos por ración diaria que reciben miles de chicos en muchos comedores del país. Entre esos pibes, posiblemente también haya talentos que no podrán desarrollarse porque no son mediáticos.
¿Sería loco presumir que lo que existe es una envidia subterránea hacia las monarquías, que siempre estuvieron y están ligadas al mecenazgo artístico? En el fondo, y aunque el traje disimule, nadie resiste las luces de la gran ciudad, y parece que a ese círculo exclusivo siempre resulta bueno pertenecer.