Estanislao Giménez Corte - [email protected]
El rango de mito debe tener, para los personajes que los encarnan y que nos ven desde algún no lugar, aspectos insólitos e insoportables. Tan tristemente se recurre a ellos, todo el tiempo, que la invocación al infinito de los nombres que deberían despertarnos admiración y respeto termina perdiéndose en una mélange mediática, simbólica y referencial, llena de lugares comunes y clisés, propulsada por personajes rayanos en el fanatismo, que los citan con histrionismo y desborde y que, a menudo, los vacían de sentido por esa hiperbólica costumbre de abrazarlos como a la verdad revelada.
Replicado en remeras y banderas, explotado en el más mercantilista de los sentidos, pero poco y mal conocido Äcuando no absolutamente ignorado en su biografía de vida, pensamiento y accionesÄ, uno de aquellos es Ernesto "Che" Guevara.
Los jóvenes usan su imagen sin molestos porqués, o porque alguien les comentó que se trataba de un rebelde o un guerrillero o algo así. Muchos movimientos de izquierda o pseudoizquierda tienen en él, en el héroe muerto y mitificado, en la parábola del hombre con ideas nobles (y arrojo y temeridad en su consecución), y en cierto culto necrológico, a su gran pancarta. Abundan los adláteres que no conocen más que dos o tres tópicos sobre su vida. Muchos más prefieren borrar los costados más terribles de su existencia Älos juicios sumarísimos, la violencia del combate, las decisiones drásticas en la Sierra MaestraÄ en pos de la construcción del relato romántico, tan en boga hoy mismo, que se recuerda a ochenta años de su nacimiento.
Indudablemente se trata de un personaje seductor, interesante, valiente y con una vida cinematográfica, inmolado por sus convicciones, erradas o no; pero también es otras cosas, Guevara. Otras cosas que Äpiadosa o estúpidamenteÄ pretenden desconocerse, mientras la fanfarria de actos aquí y allá lo celebra: él fue el que fracasó estrepitosamente en sus proyectos políticos, el que debió tomar decisiones sobre numerosas muertes, el que forjó un régimen perseguidor de minorías sexuales. La miopía de cierto pensamiento recalcitrante de la izquierda insiste en exorcizarlo y en utilizarlo en sus discursos, como quien busca en ese ideal trunco la explicación de un estado de cosas. La nobleza de una idea no debería justificarlo todo; la pleitesía enfervorizada no debería ahogar el análisis tranquilo.
Sé que estas líneas me valdrán el enojo de muchos colegas y amigos que se atropellan de adjetivos positivos para hablar de su figura; pido humildemente comprensión y, para comprender, creo, es importante otear la figura completa, no editar las partes del celuloide que queremos ver y quemar las otras. Alguno me ubicará, considerando las caducas categorías nacidas en Francia, enfrente, a diestra o a siniestra de una mirada dual de pasmosa simplicidad. Esta nota sólo quiere ser la invitación a una reflexión que trascienda el panfleto encendido, la mirada rígida y estrecha, la reducción de una vida o de una historia política a dos o tres slogans, que tan mal hacen a sus decidores y a sus aludidos. Uno de ellos es el mismo Che, claro.