Por sus salones pasaron Carlos Gardel, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, y muchos otros grandes intelectuales y artistas de los siglos XIX y XX, que encontraron en el Tortoni el lugar ideal para celebrar sus tertulias, reunirse con los amigos o disfrutar del placer de tomar un café.
Hoy, cuando se va perdiendo la costumbre de las tertulias literarias, el Tortoni sobrevive como negocio turístico gracias al reclamo de su siglo y medio de historia, y a los populares shows de tango tan comunes en la capital argentina.
Difícilmente podía imaginar el emigrante francés Jean Touan que el modesto Café Tortoni, que inauguró en el año 1858 para emular el viejo Tortoni parisino del Bulevar de los Italianos, ya desaparecido, terminaría convirtiéndose en una referencia para la cultura del país.
A fines del siglo XIX, el café fue adquirido por otro emigrante francés, Celestino Curutchet, y cambió su ubicación inicial -en Esmeralda y Rivadavia- para establecerse a pocos metros, en la que sería su sede definitiva, sobre la emblemática Avenida Mayo.
El prestigio del Tortoni creció con el desarrollo de la ciudad y a principios del siglo XX ya se había convertido en un café de referencia y centro de reunión de la bohemia bonaerense.
Llegó a funcionar como sede alternativa para las reuniones de la primera legislatura porteña, fue escenario de transmisiones de radio, obras de teatro y hasta tuvo peluquería propia, todo un lujo para un bar de la época.
En la pequeña sala aledaña al salón principal donde estuvo un día la peluquería, ahora convertida en museo, todavía se conservan los mostradores originales -transformados en vitrinas de libros- y la máquina de hacer fomentos con la que antaño se calentaban los paños que se colocaban en el rostro de los clientes.
El Tortoni, recuerda su gerente, Roberto Fanego, fue el primero en colocar mesas sobre la acera, imitando a los cafés de la bohemia francesa.
Su leyenda se consolidó con el nacimiento de "La Peña", una agrupación de gentes de las artes liderada por el intelectual argentino Benito Quinquela Martín, que a partir de 1926 comenzó a reunirse en las bodegas del sótano del café.
"Los intelectuales -relata Fanego- daban prestigio pero no consumían y ocupaban mesas, así que Curuchet decidió mantenerlos, pero en la bodega, para no perder clientela en el salón principal".
Concluido el ciclo de "La Peña", a principios de los 40, llegó la oportunidad de "El Lazo", una sociedad destinada al incentivar el folclore local, y a la que alguna vez acudió Atahualpa Yupanqui.
A finales de los convulsos años 30 y principios de la década de los 40, con la llegada de los republicanos exiliados tras la guerra civil española, el Tortoni se convirtió en foro de una tertulia multicultural.
Mucho más tarde, en los 70, y durante tres años, acogería las reuniones de otro exilio: el uruguayo. "Aunque han venido exiliados de distintos países, en distintas épocas, y se ha hablado mucho de política, nunca ha habido conflicto con eso en el café", asegura Fanego.
Sentarse en una mesa del Tortoni, palpar sus mármoles, sus sillas de madera de roble, y recorrer sus paredes con la vista, transporta al visitante a otros tiempos de la mano de algunos de los más importantes personajes de la cultura iberoamericana.
Recorriendo el gran salón del Tortoni, no es difícil dejarse llevar e imaginar a García Lorca escribiendo sobre el mármol de su mesa favorita la frase "sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio", en el grabado que donó al café, situado a pocos metros del Hotel Castelar, donde el poeta español se alojó durante su estancia en Buenos Aires, entre octubre de 1933 y marzo de 1934.
O pensar en Rafael Alberti al contemplar los trazos de paloma que dibujó para sus amigos del Tortoni, o escuchar la voz rota del cantaor Miguel de Molina, exiliado durante la dictadura franquista, homenajeado en el café en 1990, tres años antes de morir en Buenos Aires.
Como explica Roberto Farnego, "el Tortoni está ligado a la historia del país y está incorporado como parte de Buenos Aires".
Ahora, con 150 años de historia a sus espaldas, clientes, turistas y curiosos siguen llenando sus salones, disfrutando del sabor de su café, admirando alguna de las 170 obras colgadas en sus paredes o acudiendo a los espectáculos de tango que se ofrecen a diario en el pequeño salón Alfonsina, a ritmo de bandoneón, hasta bien entrada la madrugada. A esa hora, como escribió Ramón Gómez de la Serna, "nada se parece tanto a la luna como la mesa de mármol de un café".
La próxima fiesta grande del Tortoni será a final de año, cuando el Gran Café de Buenos Aires se una a las celebraciones por el 120 aniversario de otro café legendario: el madrileño Café Gijón.
Los ilustres visitantes
Por el sótano del Tortoni, que llegó a ser un antro legendario en el funambulismo porteño, pasaron pianistas como Arturo Rubinstein, cantantes como Josephine Baker, dramaturgos como Luigi Pirandello y algún presidente de la República, como Marcelo T. Alvear, que -según cuenta Roberto Fanego- paseaba desde la cercana Casa de Gobierno junto a su esposa, la entonces célebre cantante lírica Regina Pacini, para saborear una buena taza de café.
También el general Juan Domingo Perón y su segunda esposa, Eva Perón, sucumbieron a la atmósfera del Tortoni.
Y hasta un rey, Juan Carlos I de España, quiso probar el sabor de su café y, saltándose el protocolo -recuerda Fanego-, se escapó a la Avenida de Mayo durante la visita que realizó a Buenos Aires en el año 1995. En esa ocasión, firmó en el Libro de Oro y recibió la medalla conmemorativa del 130 aniversario del local.
Es un lujo sentarse en la misma mesa que un día ocuparon Lorca, Alberti o Alfonsina Storni. Eso debieron pensar muchos de los famosos clientes ocasionales del Tortoni: desde el ex presidente italiano Massimo D' Alema, a la aspirante demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, pasando por el director de cine norteamericano Francis Ford Coppola, la actriz Susan Sarandon, la escritora Susan Sontag o el literato peruano Mario Vargas Llosa.
Pero no todo han sido tertulias literarias y visitantes ilustres; las paredes del Tortoni también han sido testigos mudos de duros enfrentamientos, como el que protagonizaron en 1897 un grupo de clientes españoles y otro de partidarios de la independencia de Cuba, que se emprendieron a sillazos en las mismas puertas del café.
Años después, en 1918, Curuchet -el entonces propietario- celebró el final de la primera guerra mundial cantando la Marsellesa ante sus sorprendidos parroquianos, que pudieron beber gratis durante toda la noche.