Rogelio Alaniz
El sábado pasado decía que la crisis del campo no se había resuelto sino que se había trasladado al Congreso. Después de haber estado paralizado por la mayoría oficialista, el Congreso se debe hacer cargo de un fierro caliente. Se puede ser optimista, pero no se puede ser tonto o ingenuo. No está mal que se respete la Constitución y se decida que las cuestiones tributarias tengan tratamiento parlamentario, pero mi sensación es que la estrategia del oficialismo apunta a salirse con la suya a través de un doble procedimiento: imponer su supuesta mayoría o transformar al Congreso en una eficaz máquina de impedir. Como la mayoría no es tan fácil de mantener, es muy posible que se opte por la segunda posibilidad. En cualquiera de los casos, los dirigentes agrarios retornarán a la lucha.
La situación del gobierno seguirá siendo delicada porque persiste en el error. Su diagnóstico de la realidad es incorrecto y las decisiones que toma lo conducen al fracaso. Hace tres meses Äpor lo menosÄ que se viene equivocando. Y a juzgar por sus declaraciones y maniobras todo autoriza a pensar que va a seguir en esa posición errada.
Los Kirchner apuestan a que la crisis se resuelva alentando el conflicto. Es lo que ocurrió hasta el momento y la consecuencia ha sido el despilfarro de su capital político. No hay razones para suponer que más de lo mismo vaya a provocar resultados diferentes.
Hoy los criterios de gobernabilidad aconsejan recurrir al consenso. Es lo que hacen los gobiernos de Uruguay, Chile y Brasil, con resultados que, sin ser extraordinarios, son satisfactorios. La alternativa de apostar a la productividad del conflicto o de concebir a la política como la continuación de la guerra por otros medios, desquicia a la sociedad y a las instituciones y deteriora a los gobiernos.
Puede que en algún momento del pasado la conflictividad haya sido una buena estrategia. Hoy no lo es. Es evidente que las señales de los tiempos son otros. Es evidente para todos, menos para los Kirchner. El conflicto con el campo hace rato que se habría resuelto si la manera de pensar hubiera sido otra.
El dichoso cobro de las retenciones móviles hoy al gobierno no le resuelve ningún problema. Las retenciones no aseguran ni la redistribución de la riqueza, ni la estabilidad de los precios. Muchos menos la justicia social. No es la economía lo que le estalla al gobierno en las manos, es la política. Es una determinada concepción de la política la que está haciendo agua por los cuatro costados.
Justificar con argumentos jurídicos el derecho que le compete al oficialismo de levantar las carpas en la Plaza Congreso o de movilizar a sus incondicionales para escrachar a Miguens, es razonar con argumentos infantiles y leguleyos. Una norma autoriza una determinada acción, pero es la política la que considera la oportunidad de hacer o no hacer algo.
Si a los Kirchner el consenso les preocupara no estarían alentando carpas y movilizaciones. O haciendo declaraciones confrontativas. Hay una manera de prepararse para protagonizar el conflicto y hay una manera de prepararse para gestionar el consenso. Ante el dilema consenso o conflicto, los Kirchner han tomado partido, y por ese camino me temo que no les espera un final feliz.
Los voceros del oficialismo estiman que sus actos se justifican porque defienden una causa justa. La lucha contra los oligarcas, o los explotadores o los violadores de los derechos humanos serían los grandes objetivos. Bregar por una sociedad más justa, más libre y más equitativa Äse suponeÄ es una meta que prestigia y honra a quienes se identifican con ella.
A los que sostienen estos puntos de vista habría que recordarles que a las buenas causas hay que merecerlas y honrarlas. Además, hay que aprender a defenderlas. Identificarse con un mundo más justo es apenas una declaración de principios. Después hay que saber actuar en consecuencia. Decidir qué caminos se recorren para llegar a una meta. Decidirse a optar entre diferentes alternativas tratando de equivocarse lo menos posible. Ya se sabe que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
Por su lado, la historia registra grandes catástrofes promocionadas por hombres supuestamente inspirados en los grandes ideales. La política se realiza cuando se logra un inspirado equilibrio entre fines y medios. Defender una causa justa puede ser un buen punto de partida. Nada más y nada menos que eso. Después hay que saber hacerlo. El oficialismo no lo hace, o lo hace mal.
No hay liderazgo nacional y popular creíble, sin autoridad moral y política.
A los Kirchner nunca les sobró honorabilidad. Su moral no es la de Menem, pero todos los días se esfuerzan por parecérsele. En los últimos meses ese esfuerzo es evidente y notorio. Los escándalos de Skanska y Antonini no se diferencian demasiado de los de IBM o Swift en tiempos de la "Comadreja de Anillaco".
Tampoco les sobra credibilidad. Es más, en los últimos tiempos la que habían ganado la empezaron a perder. Hoy ellos mismos admiten que el grado de adhesión es parecido al que tenían cuando conquistaron la presidencia en el 2003. Suponen que ese prestigio perdido lo podrán recuperar. El objetivo no es imposible, pero convengamos que es muy difícil. Parodiando al Martín Fierro, podría decirse que cuando el prestigio se pierde jamás se vuelve a encontrar.
A los Kirchner les gusta presentarse con un perfil de centroizquierda, pero siempre existió la sospecha de que ese tipo de orientación obedecía más a razones oportunistas que a convicciones reales. Hoy se presentan como abanderados de los derechos humanos, pero cuando esa causa implicaba jugarse con riesgos incluidos, ellos estuvieron ausentes. Defienden las retenciones en nombre de la distribución de la riqueza, pero cuando él era un político que recién se estaba haciendo conocer en el país, decía que las retenciones perjudicaban a las provincias y que la coparticipación era un derecho al que no se podía renunciar. De la cultura nacional y popular y del izquierdismo, el kirchnerismo sostiene su retórica, una retórica que, por otro lado, siempre fue muy desteñida. La sospecha de que se recurre a ciertas causas o ideales supuestamente prestigiosos para ganar réditos políticos, es cada vez más fuerte. A los Kirchner no les importa ni la patria socialista, ni la patria libre, justa y soberana; lo que les importa es el poder.
Alguien dirá que a todo político que se precie de tal le interesa el poder. Es cierto. Pero lo que diferencia a uno de otro, al justo del injusto, al eficaz del ineficiente, es la destreza para construirlo, la habilidad para justificarlo y la capacidad para convencer a la sociedad de que su causa es la causa de todos. Hoy los Kirchner están muy lejos de aprobar estas exigencias.
El presente del oficialismo es difícil pero el futuro lo es más. La crisis del campo puso en evidencia las falencias institucionales del kirchnerismo, su concepción centralizada y unitaria del poder, pero también las asignaturas pendientes en materia económica y social. En el horizonte político y económico de la Argentina, las nubes están cada vez más cargadas. La inflación, el precio de los combustibles, el costo de la energía, la puja salarial, los vencimientos de la deuda, hacen pensar que, comparado con lo que se avecina, lo sucedido hasta la fecha fue un juego de niños.