aires: AIRES-07
Entre Viale y Seguí
Superpoblación de perdices

¿Te quedan dudas? "Coquito", nuestro perro, está "congelado" marcando el sitio exacto desde donde volará la perdiz. Infalible. Foto: Germán Zuazquita

En Crucecita séptima, provincia de Entre Ríos, relevamos a las perdices: nos encontramos con una población sorprendente.

Esta vez nos dirigimos a la provincia de Entre Ríos, al campo de un amigo, Eduardo Giordano, quien nos esperaba tempranito para entrarle a los potreros. Con el carisma y la hospitalidad que caracteriza a estos chacareros hermanos, mientras armábamos nuestras escopetas este paisano nos sorprendió con unos mates, pan casero, queso y miel de chilca; todo, por supuesto, re casero. Con panza llena nos dirigimos a un casco de estancia hecho tapera. Como en toda cacería, teníamos un cómplice, "Coquito", un Braco de siete años, con una euforia increíble, que se notó en su primer rastrillaje.

Esta vez rompimos la teoría de errar los primeros tiros. A decir verdad, no fallamos. Bueno, no todos. A medida que transcurría la mañana, nuestra puntería se iba ajustando como también el trabajo de "Coquito" que, a pesar de lo alto de la pastura, no perdía una perdiz. Recorría el terreno a no más de cinco metros hacia delante y dos metros de izquierda a derecha de los dos cazadores. La verdad es que fue indispensable. Como siempre pasa en toda cacería, caminábamos atentos a "Coquito" y de golpe salió de entre los pastizales una liebre "a mil", cortando por el medio del campo hacia la cañada. íQué placer fue disfrutar su huida!

Por sugerencia de Eduardo y para que Coquito descansara, volvimos a la casa donde nuestro amigo nos daba clase de cordialidad, invitándonos ahora con un lechón a la parrilla que estaba para chuparse los dedos, cosa que hicimos, por otra parte...

Le preguntamos a nuestro amigo a qué se debía tanta población de perdices y nos respondió con su particular estilo y acento: "bueno, hermano, lo que pasa es que ya no se caza como antes porque los paisanos no emprestan sus campos por miedo a la hacienda". Y también consultamos qué otros animales podemos llegar a ver. "Y... también se ven a menudo guasunchos y jabalices en los tajamares tapiados".

Después de semejante comilona y una extensa sobremesa volvimos al ruedo de las perdices. Esta vez encaramos un potrero con rastrojo de maíz, hubo buenos tiros como para ir redondeando una tarde inolvidable, incluyendo el espectáculo aparte de "Coquito" que, ante algún tiro fallido, y con la perdiz intentando escapar, nuestro amigo volaba como un arquero tomándolas en el aire. Un lujo para ver.

Al llegar la tardecita y en el mismo potrero empezamos a ver patos tirándose en la tierra. Eran patitas coloradas o alita azul que en bandadas no tan numerosas se asentaban a comer.

A la hora del regreso

Una vez cubierto nuestro límite de perdices volvimos a "El Relincho", nombre de la estancia de Eduardo. Nuevamente disfrutamos de la comida: una cena donde estaba toda la familia después de la dura jornada de trabajo.

Atentamente, Rosa, la esposa de Eduardo, nos dio una horma de queso sardo, elaborado por ellos en el tambo; un pote de miel, huevos, pomelos, limones... íQué manera de brindarse esta gente!

Para todos aquellos amantes de la caza: cumplamos las normas y no depredemos, disfrutemos todo lo que hace a una muy buena aventura. Agradecemos a la familia de Eduardo Giordano y a "Coquito", el mejor amigo del cazador.