Edición del Jueves 17 de julio de 2008

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Edición impresa del 17/07/2008 | Opinión Opinión

Opinión: OPIN-01 La gran lección del Parlamento

El gran protagonista de estas jornadas fue el Congreso de la Nación. Más allá del resultado, importa destacar el rol que ha cumplido la institución parlamentaria. En estas dos semanas, la opinión pública tuvo la oportunidad de escuchar los argumentos de los legisladores. Oficialistas y opositores debieron esmerarse para fundamentar sus posiciones. Para ello, se vieron obligados a enriquecer sus puntos de vista y exponer sus hipótesis. También quedaron expuestos a mostrar sus debilidades. Si en una república democrática, el Congreso es la caja de resonancia de una nación, esta vez la institución cumplió su cometido al pie de la letra.

Es necesario valorar la importancia que, en una sociedad abierta, tiene el adecuado funcionamiento de las instituciones. Lo sucedido en estos días lo corrobora con la fuerza de los hechos. Después de cien días de conflicto, el gobierno nacional hizo lo que correspondía: envió al Parlamento el proyecto de retenciones móviles, para que lo trataran los representantes del pueblo y de los Estados provinciales. Intenciones al margen, el debate legislativo cobró su propia dinámica. La pretensión de aprobarlo a libro cerrado pronto fue descartada. También cayó la ilusión del oficialismo de disciplinar a los diputados con criterios cuarteleros.

El pasaje de un poder hegemónico a una república parlamentaria se cumplió y produjo beneficios institucionales y políticos. La actividad parlamentaria fortaleció a la república, pero fue a la vez un extraordinario proceso de aprendizaje para todos. La ciudadanía tuvo la oportunidad de informarse. Hacía mucho tiempo que el ideal de una democracia funcionando no se exhibía con tanta claridad. Más allá de la opinión de cada uno de los legisladores, lo que importa es que el espacio público se iluminó con el debate. La pretensión de acordar en la trastienda o de hacer valer los atributos descarnados del poder dejó paso a la sana deliberación pública.

Por una compleja coincidencia de circunstancias, el héroe de la jornada fue el vicepresidente Julio Cobos. A sus atributos personales, a su coraje civil, se le debe sumar, en este caso, el afán de contribuir con su voto a una solución equilibrada, a un resultado que no divida más a los argentinos. Sus dudas, sus tribulaciones, sus angustias, no hicieron más que expresar el desgarramiento de un político que debe tomar bajo presión una decisión crucial. Su compromiso fue importante, pero también lo fueron las consideraciones que expresó para fundar su decisión.

El voto de Cobos fue de alguna manera previsible. Desde hacía semanas el vicepresidente había tomado prudente distancia del estilo confrontativo de los Kirchner. Ello le significó graves imputaciones, pero a juzgar por lo sucedido las presiones no alcanzaron a doblarle la voluntad.

En conclusión, lo sucedido reivindica a la democracia. El gobierno nacional está a tiempo de aprender la lección, y hacerse cargo de que las instituciones son la mejor garantía de su gobierno, y que el arte de gobernar a las sociedades modernas consiste no en alentar falsas divisiones, sino de construir fecundos consensos.





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