Edición del Jueves 17 de julio de 2008

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Edición impresa del 17/07/2008 | Opinión Opinión

Opinión: OPIN-05 Eliminar las retenciones
Un ruralista levanta la bandera argentina en el multitudinario acto que se realizó el martes en Palermo, en repudio al proyecto oficial que grava las exportaciones de granos.Foto: AFP

Si un país como la Argentina no tiene un plan agropecuario, es que las cosas andan mal. Pero tampoco hay un plan siderúrgico, ni petrolero, ni gasífero, ni uno de desarrollo industrial. No existe un plan de defensa nacional, ni un plan geopolítico, ni tampoco uno de seguridad interior. Es decir, todo está librado al azar, y por lo tanto, acá puede suceder cualquier cosa.

Por eso no somos confiables para un inversor, sea argentino o extranjero. Por eso es tan difícil en la Argentina ser productor, industrial, empleado o ama de casa. Porque hoy las cosas son así, pero el lunes pueden ser muy diferentes.

Más que improvisación, lo que existe es desorden, caos, anarquía. Eso se traduce en falta de seguridad, de estabilidad, de confianza, tres virtudes que tienen los países en serio.

A la falta de planificación se le suma una pésima estructura impositiva, que contribuye más aún al desorden general y que opera como carga negativa para la economía nacional. Hay superposición impositiva, hay gravámenes distorsivos, y hay un Estado zángano, voraz recaudador fiscal, sin que se vea claramente el destino de esa recaudación.

Los impuestos, antigua carga impuesta a los extranjeros vencidos en una guerra, son una rémora del pasado que debe tender a desaparecer en los Estados modernos. Sin embargo, en la Argentina son cada vez más duros, más pesados y más confiscatorios. Todo un símbolo de decadencia y retroceso. De incapacidad de los gobernantes.

La arbitrariedad de las retenciones

Si bien podría justificarse que el Estado, por los mecanismos constitucionales, aplicara por breve tiempo determinado un impuesto de emergencia en una situación de crisis extrema como la del año 2001 y por una razón de urgencia inaplazable, el sistema de retenciones a la exportación agropecuaria, móviles o fijas, debió desaparecer hace años.

Fijadas inicialmente en un 10 % y "por la emergencia", se incrementaron geométricamente y persistieron en el tiempo. A pesar de la tan meneada recuperación económica. Finalmente, del 35 % pasaron a un sistema "móvil" que prácticamente no tiene límites.

Se trata de un impuesto que grava o castiga a la producción y al que produce. Algo realmente descabellado en un país que puede y necesita producir más. De allí la falacia de afirmar que es un impuesto a "rentas extraordinarias".

Jurídicamente, es un gravamen indefendible desde todo punto de vista. Desde su creación, porque solamente el Congreso de la Nación puede legislar en materia fiscal. De manera que ni el Poder Ejecutivo de la Nación (que es el presidente) por decreto presidencial, ni un ministro por resolución ministerial pueden hacerlo. Si lo hacen, el acto jurídico administrativo es nulo, de nulidad insanable.

De allí que ninguna ley ex post facto (posterior) del Congreso puede convalidar un acto insanablemente nulo (la Resolución Ministerial 125), como pretendieron el gobierno nacional y los legisladores que votaron el proyecto del Ejecutivo.

Pero, además, cualquier gravamen que supere el 33 % de las utilidades es confiscatorio e inconstitucional, según antigua, continuada y pacífica jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, desde el caso Sygen en 1956. Y acá se trata de un impuesto que supera ese monto sobre la producción, no sobre las ganancias, lo que agrava la arbitrariedad.

Tampoco el Congreso puede delegar funciones legislativas en el Ejecutivo, y en los decretos de necesidad y urgencia, que deben ser convalidados por el Congreso, no se puede legislar en materia impositiva.

La rebelión del campo

Los productores agropecuarios toleraron mansamente esas retenciones arbitrarias e ilegales, que convertían al Estado en socio zángano de la producción. Las toleraron hasta el pasado 11 de marzo, cuando, avanzando en su voracidad confiscatoria, el gobierno pretendió ampliar su "caja" elevando la presión tributaria hasta límites nunca vistos.

El resultado fue la rebelión del campo. Que, a su vez, sirvió de disparador para que se expresara el país entero contra el gobierno del matrimonio Kirchner, que ya lleva más de cinco años en el poder.

La rebelión se extendió a pueblos y ciudades, aun las grandes urbes, como una forma de repudio a una política de atropellos permanentes. La lógica kirchnerista cerraba perfectamente: contra las Fuerzas Armadas, contra la Iglesia, contra el campo, contra la propiedad privada. La Constitución no es para esa lógica de poder un escollo, ni la máxima norma a respetar. Es, apenas, algo que se invoca o se usa cuando conviene.

Pero lo que no cierra en esa lógica absurda es plantear un modelo agroexportador y, luego, ahogar, asfixiar al campo tras haber disfrutado de cinco años de holgura con lo que el esfuerzo del campo produjo. ¿O es que acaso el gobierno planea eliminar de la escena a los chacareros y colectivizar las tierras, confiscándolas o comprándolas por monedas? Algo similar hizo Chávez en Venezuela. Lo hizo Stalin en Rusia. Lo hicieron todos los regímenes marxistas.

Pero esos modelos colectivistas, que abolieron la propiedad privada, se llevaron a cabo por quienes habían asaltado el poder por las armas. Acá, con ropaje democrático se pretende lo mismo. Se azuza el odio de clases, se demoniza a los hombres del campo tildándolos de especuladores, golpistas y avaros.

Con indisimulada desfachatez, se grita desde la tribuna cómo el gobierno va a emplear el dinero ajeno, el producto del trabajo ajeno, expropiado, confiscado por la voluntad omnímoda de una ideología trasnochada.

Lo que hace falta

El país necesita que el productor agropecuario pueda trabajar en paz, con libertad, con la certeza que le dé una adecuada planificación, y con el apoyo crediticio y fiscal del Estado. Entonces, sí, veremos el verdadero milagro económico que somos capaces de generar, triplicando los actuales niveles de producción y con un efecto multiplicador en el resto de las actividades.

En paralelo, hay que recuperar el desarrollo industrial y energético. Todo eso sumado nos llevará al nivel de potencia en el concierto de las naciones.

Se ha equivocado el enfoque de las relaciones internacionales. Alineados absurdamente con Castro, Chávez y Evo Morales, compramos gas y petróleo caro, mientras dejamos de lado la posibilidad de un acuerdo bilateral con EE.UU. que nos permita el intercambio en un Tratado de Libre Comercio. Intercambio de tecnología, de productos y de modernización industrial.

Pero, para encarar cualquier proyecto serio de país, la Argentina necesita orden en todos los órdenes. Restaurar la ley y el orden, erradicar para siempre la anarquía, desterrar el desorden y la violencia son los pasos previos inevitables. Para que los derechos y las garantías que consagra la Constitución pasen a ser la realidad efectiva que nos permita gozar de la libertad, en paz y con prosperidad.

Por el Dr. Carlos J. Rodríguez Mansilla





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