Ana Mengotti (EFE)
Mientras en Estados Unidos el tener una familia "como Dios manda", al menos de las puertas para afuera, es un requisito para llegar a la Casa Blanca, en América Latina parecen importar poco el estado civil y la vida privada de los gobernantes.
Al sur del río Bravo hay presidentes solteros con hijos de madres distintas, otros divorciados varias veces y algunos casados con reconocida descendencia fuera del matrimonio.
Para compensar, el próximo presidente que asumirá el cargo en Latinoamérica, el paraguayo Fernando Lugo, es sacerdote católico y ha sido obispo. El Vaticano ha denegado su petición de volver al estado laico para hacer política y, además, lo ha sancionado.
De los 43 presidentes que ha tenido Estados Unidos desde 1789, sólo uno, Ronald Reagan, se divorció para contraer nuevo matrimonio y eso que el divorcio siempre ha estado permitido en el país, incluso cuando era una colonia británica.
Si el republicano John McCain gana las elecciones de este año será el segundo, pues antes de su matrimonio en 1989 con Cindy Lou Hensley, la hija de un magnate cervecero, estuvo casado con la ex modelo Carol Shepp. Tiene siete hijos, tres de ellos adoptados.
Su rival en la carrera hacia la Casa Blanca, el demócrata Barak Obama, que puede ser el primer presidente negro de EE.UU., está casado desde 1992 con Michelle Robinson, con quien tiene dos hijas.
María Cristina Ocampo, directora de la maestría en política social de la Universidad Javeriana de Bogotá, opina que, a diferencia de Estados Unidos, el hecho de que un político no se adecue a un patrón clásico de familia en América Latina no incide en la opinión de los votantes.
Ocampo afirma que a los latinoamericanos les preocupa más el uso que hacen los políticos de los fondos públicos que si se casaron una o dos veces, o si tienen hijos fuera del matrimonio.
Divorciados son Alan García, de Perú; Leonel Fernández, de República Dominicana; Álvaro Colom, de Guatemala; y Hugo Chávez, de Venezuela, este último, dos veces.
Al igual que su hermano Fidel, Raúl Castro, presidente de Cuba desde febrero pasado, es muy celoso de su vida privada. Se sabe, sin embargo, que enviudó en 2007 de su compañera Vilma Espín Guillois, con la que tuvo cuatro hijos.
Evo Morales, presidente de Bolivia, es el único de los gobernantes latinoamericanos que puede presentar certificado de soltería, pero tiene, no obstante, reconocidos un hijo y una hija, de distintas madres.
En Chile, un país de acendrados valores católicos y donde el divorcio no fue permitido hasta el 2004, su presidenta, Michelle Bachelet, contrajo matrimonio una sola vez, cuando vivía exiliada en Alemania, pero esa unión, de la que nacieron dos hijos, se rompió y años después tuvo una hija de una relación sin boda de por medio.
En cualquier caso, en América Latina hay también gobernantes que por ahora siguen fieles a la promesa "hasta que la muerte nos separe". Es el caso de la argentina Cristina Fernández; de Álvaro Uribe, de Colombia; de Tabaré Vázquez, de Uruguay; de Rafael Correa, en Ecuador; de Elías Antonio Saca, de El Salvador; de Manuel Zelaya, de Honduras, entre otros.
En una sociedad donde lo que cuenta de un político no es su vida privada, el que algunos "hagan de su capa un sayo" no les acarrea mayores problemas con el electorado.
Al fin y al cabo, lo que han hecho es "obrar según el propio albedrío y con libertad en cosas o asuntos que a uno le pertenecen o atañen", según el diccionario de la Real Academia.