Diez de la mañana; bulevar Gálvez y Las Heras. Dos ciclistas circulan de este a oeste a gran velocidad entre los automóviles detenidos, a la espera de que el semáforo se ponga en verde. Los ciclistas no reducen la velocidad. Siguen conduciendo como si el semáforo no existiera, hasta que cruzan la intersección de las calles con una temeridad sorprendente.
Allí se encuentran con un colectivo que circula de norte a sur y quedan, apenas, a unos pocos centímetros de perder la vida. No parece importarles. Más allá de una sonrisa nerviosa, continúan su marcha hasta la próxima esquina donde, seguramente, el semáforo tampoco los obligará a detener su paso.
No queda del todo claro qué ganan con arriesgar sus vidas de esa manera. Sí queda claro que se exponen inútilmente a perderlo todo.
Durante los últimos años, en la ciudad de Santa Fe se produjeron varios intentos fallidos por establecer un sistema de registro de bicicletas que permitiera controlarlas mejor y sancionar a los ciclistas infractores. Sin embargo, la implementación de un registro semejante resulta prácticamente una utopía cuando existe un enorme mercado negro de rodados y los agentes de tránsito no alcanzan, siquiera, a controlar a automovilistas y motociclistas.
Las motos representan otro problema: según un informe del Instituto de Seguridad y Educación Vial (Isev), entre 2006 y 2008 aumentó un 13 por ciento la cantidad de motocicletas que participaron de accidentes de tránsito en el país, lo que representa el 23 % del total de vehículos involucrados.
Luchemos por la Vida lanzó una campaña con el lema: "Vos, que tenés cerebro, usalo". Las lesiones en la cabeza causan el 80% de las muertes en moto y son la principal causa de discapacidad permanente. Las principales víctimas son jóvenes menores de 25 años, y se estima que unas 500 personas mueren por año en este tipo de accidentes. Si todos usaran casco, unas 400 de esas muertes podrían evitarse.