La rebelión fiscal del campo, el más duro conflicto político de la era Kirchner, sigue produciéndole derrotas a Néstor y Cristina Kirchner.
La primera fue la pérdida de la iniciativa política, que el gobierno nunca pudo recuperar a lo largo del conflicto, pese a intentos como las "compensaciones" a los pequeños productores, con las que intentó dividir el frente agrario; la creación del Programa de Redistribución Social, para deslegitimar la protesta; y la remisión al Congreso del proyecto de retenciones móviles (que había disparado la rebelión), con el objeto de obtener allí un triunfo político e institucional.
Luego, la heterogénea coalición surgida al calor de la protesta agraria "ganó" en un terreno que el kirchnerismo se creía imbatible: la calle. Las convocatorias del campo, primero en Rosario, luego en decenas de ciudades del interior, y finalmente en Buenos Aires, superaron ampliamente las respuestas y actos oficiales.
La tercera derrota ocurrió en la dramática madrugada del jueves 17 de julio, cuando el vicepresidente Cobos votó contra un gobierno del que todavía forma parte y dio por tierra con las retenciones móviles.
Y la cuarta tuvo lugar ayer, con la renuncia del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, que demostró que además de perder la iniciativa, ser superado en la calle y no prevalecer en el Congreso, el poder K ya ni controla sus propios tiempos.
El gobierno se preocupó en emitir señales de que tras el cambio de ayer en Agricultura (salió De Urquiza, entró Cheppi) y el que se consumará hoy en gabinete (sale Fernández, entra Massa) no hay que esperar más variantes. Los Kirchner detestan que les marquen la cancha. Pero su pérdida del control de la agenda y de los tiempos pone las cosas en suspenso. "Alberto vio vacilaciones sobre las líneas a seguir y con su renuncia abrió un nuevo escenario. Yo no diría que habrá más cambios; hay que esperar los próximos días", señaló un allegado al saliente jefe de Gabinete.
En la vereda opuesta, un alto funcionario, de buen trato con Fernández y llegada intermitente a los Kirchner, sostuvo que "por ahora" no habrá cambios. "La presidenta ratificó a De Vido, a Moreno lo mantiene porque está bajo presión; Carlos Fernández (el ministro de Economía) no tiene presencia mediática, pero está trabajando bien, responde a lo que le llega. No hay una dinámica de crisis; Cristina todavía puede recuperar la iniciativa", abundó. ¿Y Massa? "Es un tipo hábil, buen negociador, conoce a casi todos los gobernadores, cae bien, va a oxigenar el gobierno", señaló.
Esa lectura tal vez peque de voluntarista. Ayer mismo, las presiones sobre Moreno aumentaron con el pedido del fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, de que la Justicia intervenga el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) y prohíba la salida del país del polémico secretario de Comercio Interior, factótum de la intervención a la agencia y del manoseo de sus estadísticas.
La multiplicación de voces críticas del peronismo es otro factor para dudar de que los cambios hayan terminado. Cuán combativa e insistente sea la CGT en el frente salarial es otra incógnita. La idea allí es sofocar cualquier conato de belicosidad con un aumento del salario mínimo y una suba del mínimo no imponible de Ganancias.
Todo para que el matrimonio presidencial recupere la agenda y el manejo de los tiempos. La incógnita es si alcanzará.