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Análisis
Verdad que duele, pero verdad al fin

Luciano Benjamín Menéndez fue condenado por sus crímenes atroces, cometidos y amparados desde el aparato del Estado durante la década de los setenta. Este anciano que ayer apareció ante las cámaras y anoche durmió en una celda común, es el mismo que en 1984 sacó un cuchillo de entre sus ropas y se abalanzó sobre un grupo de periodistas dispuesto a todo.

Pero más allá de su violencia y explícito desprecio por la vida, Menéndez se encargó en los últimos días de decir unas cuantas verdades que, aunque duelan y molesten, no pueden ser negadas sin incurrir en hipocresía crónica.

Intentemos imaginar que la Argentina de 1977 es una enorme sala de cine. En la pantalla, la atroz película de la lucha entre el gobierno militar y las organizaciones guerrilleras; en las butacas, millones de argentinos como espectadores.

En un momento determinado la proyección se detiene, como si la historia se congelara de repente y sin aviso. Allí, en esa misma sala de cine se realiza una consulta a los millones de espectadores presentes: ¿es ésta una "guerra" contra la subversión?, ¿los militares cuentan con su apoyo para "aniquilar" a las organizaciones guerrilleras?

Menéndez asegura que la mayoría de los argentinos en aquel momento avalaba lo que el gobierno hacía. Es cierto que pocos se imaginaban las atrocidades que se estaban cometiendo. Pero también es real que pocos se preguntaban qué métodos estaban siendo utilizados desde el Estado para lograr el objetivo.

Es una verdad que duele, que molesta. Pero es una verdad al fin.

Por José Curiotto