Una de las enseñanzas políticas que dejó la llamada crisis del campo es que los actos públicos tienen sus límites. En estos cuatro meses, el gobierno convocó por lo menos a tres grandes movilizaciones. En todas ellas hablaron sus máximos dirigentes. La participación siempre fue la misma y lo que predominó fue una asistencia movilizada por punteros y caudillos.
Los objetivos que se propuso el oficialismo al convocar a estas movilizaciones no se lograron. Por el contrario, sus resultados fueron negativos para sus intereses y para la imagen que el gobierno quería dar ante la sociedad. Digamos que la imagen del líder en el balcón arengando a multitudes arrobadas ha naufragado. La ilusión del pueblo movilizado espontáneamente a la plaza para vivar al jefe ha trocado en movilizaciones regimentadas por punteros. A la frescura plebeya le sucede la rigidez burocrática.
El fenómeno no es exclusivamente local, pero en la Argentina se manifiesta con intensidad, pese a los visibles signos de decadencia que lo enmarcan. En Uruguay o en Brasil existen gobiernos que reclaman un origen popular y progresista, con credenciales más auténticas que las del kirchnerismo. Sin embargo, no tenemos noticias de que Vázquez y Lula pretendan resolver sus problemas políticos recurriendo al simulacro de la movilización popular. Algo parecido ocurre en Chile. Y en Europa los únicos gobiernos que se recuerda que hayan usado este recurso son los de Mussolini y Hitler.
En el siglo XX, los distintos populismos recurrieron a la movilización popular para consolidar proyectos de poder. La multitud en la plaza resumía la identidad popular. Miles de personas vivando al líder expresaban la totalidad; lo que no estaba allí eran las minorías y los consabidos enemigos del pueblo. La movilización podía presentarse como fiesta o como lucha. En todo caso, de lo que se trataba era de atemorizar a los opositores. Una multitud vociferante cumplía funciones intimidatorias y legitimaba con sus gritos y sus consignas al poder carismático del líder.
La espontaneidad de esas movilizaciones nunca fue tal; siempre estuvieron digitadas, manipuladas. Las pretendidas asambleas populares, los supuestos diálogos del líder con la masa nunca fueron más que monólogos con libretos escritos de antemano.
En los '30 y los '40, estas movilizaciones vivieron su momento de esplendor. Desde la marcha de Roma organizada por el Duce hasta las movilizaciones organizadas por el stalinismo, esas décadas se tiñeron de odios y antagonismos irreductibles. El balance histórico de aquellos tiempos es absolutamente negativo. Concebir a la política como una relación entre enemigos y a la masa como un objeto manipulable provocó tragedias de las que la humanidad no se ha repuesto.
Hoy, recurrir a este método es un error político y una caricatura de lo que antes fue algo siniestro pero real. En las sociedades democráticas la participación política no puede ser sustituida por estas mascaradas anacrónicas. Es válido que un sector social se movilice por un reclamo. Lo que ha perdido validez y eficacia es que desde el poder se transforme a la movilización en una herramienta de intimidación política.