Hipodamo
Antes, cuando el presente no era este desconcierto, los ingenieros de tránsito y los urbanistas usaban una curiosa medición del tiempo para decidir si la ciudad era o no una metrópoli: puesto un automóvil a atravesarla, si se precisaban más de 40 minutos, érase un área metropolitana.
Luego, los vehículos se hicieron más, más veloces, y la circulación más infame y más precaria, y ya no hubo caso con el lábil parámetro de los técnicos; como siempre había sido, la ciudad no se dejaba domesticar, una costumbre por lo demás muy criolla de la que los rioplatenses nos ufanamos vanamente aquí, allá y en todas partes.
Acaso aquella idea contenida en la palabra metrópoli Ädel latín, y a la vez del compuesto griego, metropolis: metera, madre, y polis, ciudadÄ no era muy acertada, ni siquiera etimológicamente, aplicada a nuestros conglomerados modernos.
Ya los franceses (y por mímesis los españoles, quienes dicen ordenador Äun galicismoÄ, en lugar de computador o computadora) la habían estropeado al bautizar "métro" al
Santa Fe es hoy un tejido desigual y poco o nada original que, sin tener quizás el porte suficiente, goza de buena parte de los menoscabos y la decadencia de las urbes mayores; si hemos de usar la frecuente alegoría orgánica, el escabroso conjunto de "arterias" Äestrechas y esclerosadas, las más viejas; vastas y elásticas las más nuevasÄ es colmado de día y de noche por un fluir persistente al que reconocemos y aludimos por la ironía como tránsito.
En todas las ciudades, en todas las escalas, el tránsito es una contrariedad ardua; pero en el conglomerado Gran Santa Fe Äesa huella singular que mancha la vasta comarca que va desde el Aeropuerto hasta Recreo, y desde Santo Tomé hasta San José del RincónÄ parece tener características tan argentinas, tan locales, que sobresalta hasta a los propios.
Y no sólo es el desorden de Babel horizontal lo que perturba, sino el ruido, el estrépito, el bramido; la suma de voluntades discordantes, siempre hostiles, que rugen como si cada cual quisiera demostrar quién es el que grita más fuerte.
Hay algo de cavernario en ese exhibicionismo fragoroso que mana de los motores y se exacerba en los caños de escape (artificios que deberían obrar como "silenciadores"); y hay también mucho de desprecio, de insulto, de ultraje; de humillación e indiferencia hacia los otros, los que están fuera del habitáculo, más allá de la montura sobre la que cabalgan unos arrogantes jinetes del más variado pelaje.
Si en los locales de diversión juvenil la constante suele ser un estruendo que limita con lo insoportable, en las calles aúlla un trueno aun más crispado y endémico que, además de inferir seguras lesiones al oído del transeúnte inerme, mina cualquier armonía posible para sumirnos en un progresivo deterioro nervioso.
Es difícil saber si la contaminación del ruido engendrado por nuestros energúmenos callejeros es causa, consecuencia, o correlato de la furia que aparenta animarlos: lo único cierto es que este azote cotidiano Äal que nos hemos habituado y del que no podemos sustraernos por la voluntadÄ carcome, altera y embrutece.