Uno de cada 25 jóvenes de nuestro país sufre de bulimia o anorexia, según reveló un informe publicado por este diario semanas atrás, haciéndose eco de los datos aportados por Aluba, la reconocida asociación de lucha contra estos trastornos alimentarios.
Más allá de la cifra, que de por sí revela la magnitud del problema, es importante reflexionar en cuanto a las implicancias que esta cuestión tiene sobre la calidad de vida de chicas y chicos que, desde edades cada vez más tempranas, desarrollan una patología que condiciona gravemente su desarrollo orgánico y emocional. Pero que, además, pone en evidencia el riesgo cierto que supone la necesidad de ajustarse a un modelo social imposible de alcanzar sin costos físicos.
Es que, cuando el ideal de belleza es uno solo y, además, dista bastante de las posibilidades reales de lograrlo, el resultado más común es el sentimiento de frustración. Ésta se traduce en acciones inadecuadas que ponen en serio riesgo la salud de los jóvenes, precisamente el grupo etario de mayor vulnerabilidad en esta temática. Ese ideal, cabe reconocer, es el mismo que se pregona desde los medios, empeñados en asociar belleza con éxito y fomentar el mito de la eterna juventud.
Como contrapartida, se minimiza la problemática del sobrepeso y la obesidad Äque también se manifiesta de manera preocupante en chicos y adolescentesÄ y cuando se hace visible, se la asocia más con una cuestión de estética que de salud pública. Sin embargo, aunque especialistas en el tema coinciden en el riesgo presente y futuro que supone una mala alimentación, aún no parece contar con el mismo grado de relevancia en la agenda oficial que otras patologías alimentarias. Los mismos expertos advierten que el sobrepeso es una realidad extendida tanto en sectores de alto poder adquisitivo como en segmentos poblacionales de escasos recursos, debido a las dificultades económicas para acceder a productos de mayor calidad nutricional. En ambos grupos, por distintos motivos, la falta de una dieta diversificada deriva en una nutrición inadecuada.
Algunas iniciativas se van abriendo paso en ámbitos legislativos y sanitarios, como la propuesta de cantinas saludables en los establecimientos educativos, de manera que la oferta de alimentos para chicos y chicas en edad escolar sea la adecuada. La mayor difusión que se le otorga a esta problemática también contribuye a producir una lenta modificación en los hábitos individuales y sociales.
Las recomendaciones abarcan también a comedores comunitarios y escolares, y a responsables de los programas de ayuda alimentaria para que viabilicen el acceso a una oferta variada de productos, además de promover un mayor protagonismo de la familia en su elaboración.
Se trata, en definitiva, de promover buenos hábitos de alimentación, no sólo ÄinsistimosÄ por razones estéticas que se ajusten a las exigencias de la moda estimulada por el mercado, sino como una forma de lograr y preservar la buena salud.