La actividad funciona como un recurso de las disciplinas que explotan destrezas gimnásticas de coordinación, como una técnica teatral y una herramienta de la psicología para fortalecer vínculos. Es llamada "el juego de la confianza" y consiste, básicamente y como casi todos saben, en que una persona se desplome sin flexionarse y sea atrapada por otra antes de estrellarse contra el piso. La práctica se extendió de manera notable entre los jóvenes, que la practican de manera espontánea, permanente y festiva. Lo que no implica que, en más de una ocasión y por torpeza o desaprensión del coequiper, alguien acabe con magullones, y no sólo en la dignidad.
La cuestión es que este juego, adoptado voluntariamente por diversión, entrenamiento o terapia, tiene su correlato obligatorio e ineludible en la vida cotidiana. Por ejemplo, cada vez que cruzamos la calle contando con que el otro respetará el semáforo en rojo, consumimos bebida de un envase de cartón descartando que alguien haya puesto una rata dentro, dejamos a nuestros hijos en manos de extraños o caminamos por la vereda pensando en que nadie la va a emprender a golpes o tiros contra nosotros.
En realidad, cada uno de estos supuestos Äy la mayoría de los que se nos puedan ocurrirÄ están previstos por un sistema de normas que aspira a asegurar la convivencia, castigando a quienes las violen. Y también existen reglas y recaudos gestados en base a la desconfianza, para prevenirse de engaños y perjuicios.
Pero nada de esto, de este "deber ser" en que se inspiran quienes hacen las reglas, alcanza para cubrirnos del todo. Y la certeza de que eso es así y de los riesgos que asumimos con cada paso que damos, no nos releva de la necesidad de movernos, actuar y cohabitar en nuestro medio ambiente. De modo que, aprensiones al margen, todos los días y a cada momento, no tenemos más alternativa que salir al mundo, cerrar los ojos y pararnos lo más erguidos que podamos. Y dejarnos caer.