Apenas unos pocos minutos en su compañía alcanzan para reconocer que tiene un buen humor notable y que el afecto que la rodea es enorme. Irma Díaz Riestra confirma con sus palabras una y otra presunción, y en una charla con Nosotros desliza tramos de una vida que la tiene ligada al diario. Tanto que casi comparten fecha de nacimiento. Ella cumplió los 90 el 28 de julio; pocos días después, el 7 de agosto, lo hará El Litoral.
En su casa aún se encuentran ejemplares que muestran, en la portada, acontecimientos históricos: "Asumió el cargo el Gral. Juan D. Perón", "Monzón obtuvo el cetro mundial de peso mediano", junto con el suplemento especial publicado con motivo de la reforma de la Constitución Nacional en 1994, y el que conmemoró los 50 años del diario. Pero además, conservado en perfecto estado, aparece un ejemplar de setiembre de 1918, de un Litoral recién nacido.
"Lo empecé a leer desde que tuve uso de razón. Siempre me gustó porque era un diario serio", cuenta ahora y, aunque ya no le es posible seguir la rutina de todas las noches frente a las páginas del vespertino -un problema en la vista se lo impide- no se pierde los titulares por la radio, su compañía inseparable.
"Lo leía entero, hasta los avisos clasificados", se ríe, y también la información deportiva de los dos clubes locales, Unión y su favorito Colón. "Si me faltaba el diario, me faltaba todo", asegura mientras recuerda que en su casa eran comisionistas "y fueron los primeros en ir a la costa, a Santa Rosa, y les encargaban el diario. Desde entonces y desde que aprendí a leer, siempre me gustó".
Esa fue la historia mientras vivió en barrio Candioti. Para cuando se mudó a su casa actual, en barrio Calcagno, se encontró con que el canillita no pasaba por su calle, sino que seguía por Presidente Roca, así que consiguió que un vendedor se lo deje a un vecino para que después se lo pase: "pero se lo leía todo, hasta los clasificados, y me lo daba a última hora".
Más allá de las anécdotas y las fechas que la ligan a El Litoral, como que conoció al primer tipógrafo Teófilo Astudillo, cuando la empresa funcionaba en la anterior dirección de calle San Martín, Irma desgrana anécdotas de su vida que para las nuevas generaciones son una pintura de la Santa Fe de varias décadas atrás.
"íQué diferente es ahora la crianza de los chicos!" exclama apenas se le pregunta por su infancia. Es que "ahora van a la guardería apenas nacen y no estoy de acuerdo con eso", argumenta. Entonces cuenta de su infancia en Candioti, de sus juegos en la vereda con las vecinas en esa gran familia que era el barrio. "Tuve una infancia muy feliz porque no había el miedo que se tiene ahora". Así es que sus pares podían jugar solos fuera de la casa y en la plaza Pueyrredón, espacio que recuerda con mucho afecto. "Jugábamos tranquilas, sin ningún temor, no como ahora que salen los nietos y los bisnietos, y uno vive mirando si vuelven o no".
El tiempo fue pasando junto con sus años de educación en la escuela Pasteur y los picnic en la zona del puerto. Y los paseos por bulevar reemplazaron a la plaza: "nosotras caminábamos por la vereda y los muchachos estaban en la orilla", relata, entre sonrisas, aquellas primeras salidas "cuando era más grandecita".
El cine era su otra pasión. "Iba a la Casa del Pueblo (luego cine Ocean), donde la entrada costaba diez centavos. Y a El Esperancino iba todos los días". Su indisimulable gusto por las actividades culturales se alimentaba también con el teatro.
Cuando llegó la edad de los bailes y siempre con una madre acompañando al grupo, pisó los salones del Centro Asturiano -del que guarda un entrañable recuerdo-, La Florida y el Centro Castellano, donde conoció a Enrique, quien se convertiría en su marido.
Los padres de Irma, Laureano Díaz y Edelmira Riestra, vinieron de España y se radicaron en barrio Candioti con los hijos mayores. Ella nació en Santa Fe.
Con los años el afecto se fue multiplicando hasta formar una cálida familia que la sigue teniendo como centro de atención: dos hijas, seis nietos y seis bisnietos. "Siempre me interesó la familia, no me interesaban los viajes ni nada. Estar con ellos era mi predilección". Y lo sigue siendo, como que todos los días pasan a verla aunque ya no vivan en la misma casa. Es que el vínculo con una generosa descendencia se fue fortaleciendo con años de vivir juntos, de participar en las reuniones de los chicos "aunque hayan sido hasta la madrugada", de no quejarse por el volumen de la música, de turnarse incluso para compartir la habitación con la abuela.
Desde hace casi nueve décadas viene compartiendo cada cumpleaños con El Litoral. Para el diario se anticipan actos y homenajes. Para Irma... fueron todas sorpresas.