En una reciente entrevista, el senador uruguayo del Frente Amplio José Mujica hablaba de los esfuerzos políticos que hicieron desde la oposición para impedir que cayera el gobierno colorado liderado por el presidente Batlle. Escuchaba las palabras de uno de los políticos más sabios de Uruguay y pensaba para mí si los argentinos seríamos capaces de comportarnos de manera parecida. La respuesta que me di fue negativa. La desmesura sigue siendo uno de los rasgos políticos de nuestro país. Cuando un gobierno nos resulta desagradable o se equivoca demasiado, la tentación inmediata es derrocarlo. Antes, estos procedimientos se realizaban a través de los golpes militares; ahora, se hacen mediante los llamados golpes de opinión. En todos los casos, los procesos institucionales se resquebrajan, las reglas de juego se rompen y el costo político y social que se paga es tremendo.
Si yo hubiera tenido la oportunidad de hablar con Mujica, le habría dicho que ellos pueden jactarse de su conducta porque disponen de condiciones políticas favorables para salvaguardar a las instituciones en momentos de crisis. A la larga tradición institucionalista, le suman partidos políticos poderosos en el gobierno y la oposición. En Uruguay el gobierno nunca se equivoca demasiado y la oposición jamás obstruye hasta asfixiar. A ello se agrega una sociedad que consiente este equilibrio y entiende que a los gobiernos se los pone con votos y se los saca con votos.
La derecha oriental ha dado dirigentes de lujo. Julio María Sanguinetti es el ejemplo más visible, pero no el único. La izquierda, por su parte, ha generado opciones políticas viables. A diferencia de la Argentina, los principales líderes guerrilleros de los setenta han asumido con sinceridad el paradigma de la democracia y han constituido alternativas políticas que cuentan con el apoyo de grandes mayorías.
En nuestro país, la derecha es impotente y vergonzante y la izquierda da lástima y vergüenza ajena. "Madres de Plaza de Mayo", uno de los símbolos históricos de resistencia a la dictadura militar, ha degradado en una financiera oficialista que emite cheques sin fondo. Sus cuentas corrientes son administradas por una ex ministra que nunca pudo justificar el dinero que apareció en el baño de su despacho. Y la credibilidad moral ganada por "Madres..." en los años de la resistencia, se ha transformado en obsecuencia y servilismo.
Los errores cometidos por el oficialismo en el pasado inmediato han sido graves, pero más graves parecen ser los que está dispuesto a cometer en el futuro. La oposición está fragmentada y, más allá de sus buenas intenciones, carece por el momento de poder para poner límites. No concluyen allí las sorpresas. El político más prestigiado de la Argentina es el vicepresidente de la Nación. Su mérito fue haber votado en contra de quienes lo instalaron en ese cargo. Los Kirchner lo pusieron en ese lugar para vestir a la fórmula con un tono pluralista y con la seguridad de que la única facultad posible de ese hombre sería la de tocar la campanilla del Senado. Durante meses lo ningunearon y lo sometieron a todas las humillaciones que son capaces de imaginar quienes conciben que uno de los atributos del poder es someter al prójimo.
Nadie debería sorprenderse de nada. Los peronistas a sus "aliados" siempre les suelen dar un trato parecido. Pero, esta vez, el "aliado" tuvo una oportunidad diferente. O todavía no lo habían terminado de corromper. Conclusión: les votó en contra. Cobos hoy encabeza las encuestas de preferencia social. Conociendo el humor argentino, es posible que esta luna de miel sea breve. Lo que en todo caso resulta sorprendente es que el político mejor visto por la sociedad dice ser radical, pero el radicalismo lo ha expulsado de sus filas.
No todas las carambolas de la política lo dejan bien parado al vicepresidente. La única vez que el hombre que decidió romper con su partido para irse con los peronistas detrás de un cargo adquirió notoriedad y respeto fue cuando se diferenció de ellos. Hasta ese momento, era un cero al as o algo peor. Hasta el instante en que Cobos decidió votar en contra de la resolución 125, el destino de los radicales K era la sumisión a cambio de algunas migajas.
Ni siquiera les quedaba el consuelo de invocar inocencia o buena fe. Amigos, parientes y adversarios les habían advertido con elocuentes ejemplos que el negocio político con el peronismo siempre termina mal. En el mejor de los casos, el acuerdo puede producir algún beneficio personal, pero el destino político de ese beneficiario es el anonimato definitivo o la muerte civil.
He conocido dirigentes de derecha y de izquierda, creyentes y agnósticos, lindos y feos. A los que en algún momento se les ocurrió aliarse con los peronistas, no les fue bien. En el camino hipotecaron su prestigio, su representatividad y su buen nombre. Los más habilidosos concluyeron ejerciendo el oficio de mangueros de cargos públicos. El resto no es si siquiera un recuerdo.
Finalizó por el momento el conflicto con el campo, pero no concluyeron las animosidades. Como se dice en estos casos: el gobierno quedó con la sangre en el ojo. El boicot a la exposición de la Sociedad Rural demuestra que el resentimiento está intacto. Los desplantes a Cobos o las sanciones a los gobernadores considerados desleales se inscriben en esa línea. Sergio Massa llegó al ministerio hace pocos días. Sus intenciones dialoguistas han sido bien vistas, pero los únicos que no parecen compartir la inclinación del flamante ministro son los Kirchner. Cheppi reemplazó a Urquiza y su principal capital político es su saber técnico. A la semana de haber asumido el cargo, se ganó el rechazo de todas las organizaciones del campo cuando les propuso conversar con ellas por separado. Detrás de esa "amable" iniciativa estaba la sombra de los Kirchner.
Lo sucedido en la provincia de Córdoba es más complejo. O más retorcido. Schiaretti dice que el gobierno nacional lo castiga por su alianza con el campo. Los Kirchner responden que los problemas en Córdoba obedecen a su pésima gestión y a la pésima gestión de su antecesor y padrino político, José Manuel de la Sota. Los dos tienen razón. Es verdad que los Kirchner están decididos a negarles el pan y el agua a los traidores, pero también es cierto que la provincia de Córdoba está quebrada o a punto de quebrar gracias a la calamitosa gestión de De la Sota. Para completar el asombro: Schiaretti es gobernador de Córdoba gracias a las gestiones de los Kirchner.
Digamos, para concluir, que en este escenario rayano con lo grotesco se hace muy difícil asimilar las enseñanzas de Mujica. Lo deseable es que las instituciones funcionen, pero para que ello ocurra es necesario que se den algunos requisitos. En la Argentina estos presupuestos no están dados. Los rumores de que si este gobierno no cambia no llega a fin de año son cada vez más insistentes. Lo gracioso, o lo trágico, es que los principales fogoneros de esa conspiración pertenecen al mismo signo partidario del oficialismo. El peronismo se prepara para sucederse a sí mismo. La única barrera que debería poner límite a esta desmesura sería la que pudiera levantar el oficialismo. No es una misión imposible. Lo único que debería hacer es dejar de equivocarse tanto. Nada más y nada menos.