Los grafitis son tan viejos como el mundo. Los hubo en las cuevas de Altamira. En Pompeya se conservan en las paredes de una casa de tolerancia detallando el nombre del político habitué. En Francia, fulguraron gloriosos en el ajetreado 68' de París, fueron un claxon, una campana: la imaginación al poder. En Estados Unidos, el oficio transgresivo de los grafitis se comercializó, ingresó a los museos y tramitó su institucionalización.
En Argentina, los grupos grafiteros afloraron en Buenos Aires en 1983, cuando se retomó el gobierno civil. Entre ellos, los Vergara, Fife y Autogestión, Bolo Alimenticio y La Yilet en el Tobogán.
En Santa Fe, los grafitis de la década del 80' tuvieron como ejes temáticos a la policía, el clero y los militares y se adhirieron estéticamente a una metafísica de lo cómico, conectándose con la menipea. Ésta toma su nombre del filósofo Menipo de Gádara que le dio forma clásica; y en ella, lo escandaloso rompe la integridad del mundo y provoca una brecha en el curso tranquilo de las vivencias humanas. Por entonces, con el grafitis se reemplaza la palabra inoportuna por la cínica franqueza, la brusca violación de la etiqueta o el profanante desenmascaramiento de lo sacro. Así, relativizando todo lo estable, la carnavalización permite penetrar en estratos más profundos del hombre y las relaciones humanas.
En la década del 90', en cambio, el grafiti publicita fiestas en confiterías o actuación de grupos de música. Es rotunda la creciente despolitización de tonos posmodernos, la renuncia a metas y fines colectivos, la evaporación de utopías. Aparecen la autoafirmación en la profusión de firmas y nombres propios y el uso de símbolos definidos (cruces esvásticas, serpientes, puñales) en sectores marginales. A veces es reticente y está escrito en inglés. Muy pocos textos se sutilizan o son cáusticos, en general son meramente informativos, retóricamente poco enfáticos. Es que a partir de los 90' son los mass media los que vierten la información en términos de sátira menipea: enumeración exhaustiva de desprolijidades, exhibición sistemática de paradojas. Con ello, el mensaje carnavalizado de los grafiteros de los 80' se desplaza al discurso retórico y polifónico de los medios, cuyos titulares son grafitis. Cuando el rol cínico desenmascaratorio pasa de los grafiteros a los comunicadores, desaparece el riesgo, la tensión, el rasguño, la estrategia.
(*) Graciela Hornia es licenciada en Letras e indagó, durante un largo período, sobre los orígenes de la cultura grafitera.