¿Qué elogian los elogios literarios? Desde que Erasmo de Rotterdam publicara en 1511 y dedicara a Tomás Moro su extraordinario, ágil y demoledor "Elogio de la locura", gentes de letras y ciencias han tomado como una suerte de marca a esta forma de titular, entre provocadora e irónica, merced no tanto al término utilizado como a su explotación paradojal.
Erasmo reivindica el lugar de "lo irracional" en la vida y critica la negación de los placeres y el tedio, pero desde una voz narrativa en primera persona que es la locura misma; locura entendida como exacerbación de las pasiones en detrimento del imperio de la razón; locura entendida como hija de la "embriaguez y la ignorancia", que guarda en su "séquito" el amor propio, el aturdimiento, la voluptuosidad y la molicie. "Con ellos gobierno a quienes gobiernan a los demás", escribe Erasmo, es decir, la locura a quien Erasmo da voz, mediante un soliloquio dinámico que asedia, in crescendo, a todo y a todos (los sacerdotes, los retóricos, los reyes y príncipes, los gramáticos y, en especial, los filósofos) y que se lee como una feroz crítica social, redactada hace más de 490 años y atravesada por una pátina humorística que, en tanto inteligente, tiene mucho de exasperante verdad.
Puede decirse que este elogio, como otros, viene a elaborar un novedoso juicio sobre lo "negativo aparente" de ciertos aspectos de la existencia, a menudo a contramano de la lógica: Sinecio escribió un "Elogio de la calvicie"; Luciano de Samósata ganó fama con su "Elogio de la mosca"; Borges, ciego, publicó en 1969 un "Elogio de la sombra".
Los casos se multiplican hasta más allá de la vista: alguien hizo lo propio con un "Elogio de la culpa". Y los hay de "la lentitud", de "la incomunicación", "del silencio", "del autor", "de la desmesura", "de la mentira" e incluso "de la nada". Alberto Manguel Äme entero al escribir esta columnaÄ dio a la industria un "Nuevo elogio de la locura".
Más allá del carácter paródico, el volumen es un descarnado relato del estado de las cosas y los comportamientos de las gentes. Al hacer "hablar" a la locura ÄentiendoÄ, el autor se permite unas libertades inusuales para su tiempo: arremete desde ese lugar como quien desnuda, porque es impune, las lacras sociales y los inconcebibles modos en que sus sujetos se relacionan con las autoridades o sus referentes. Todo es extremo y radical en el elogio; pero de allí, de esa libertad, justamente, deviene el placer que produce su lectura.
Por su desprejuicio, por su "juventud" (no por su pertenencia a los mismos géneros), puede establecerse alguna relación entre éste y el "Cándido" (1759) de Voltaire o el "Decamerón" (1351) de Bocaccio. Ágiles, graciosos, irónicos, a la vez son terribles o hablan, terriblemente, de cosas terribles, con una actualidad que impresiona.
Una escritura directa, despojada de circunloquios, expone como en un exorcismo, aquí y allá, apologías y anatemas; detrás de ello, parecería subrayarse, definitivamente, lo que Erasmo dice que la locura dice: "La vida humana no es otra cosa que una comedia".