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Carlos Catania
Los grandes escritores están expuestos al manoseo. Jorge Luis Borges no constituye una excepción. Ciertas actitudes que no me atrevo a considerar meramente políticas han satisfecho el apetito tanto de moralistas sociales como de rastreadores de escándalos. Un creador de su magnitud, a quien, a mi juicio, le correspondía ocupar el sitio asignado a Joyce como escritor del milenio, no es raro que sea víctima de sentencias espasmódicas y análisis retóricos.
En una primera lectura de "El canon occidental", me sorprendió la capacidad de abarcamiento de Harold Bloom, su industriosa "distribución de méritos" y su penetrante sentido crítico. Una segunda lectura me permitió percibir que, a menudo, manaban de él conceptos tan hiperbólicos que, lejos de fortalecer sus creencias, las enflaquecían. Además, ciertas omisiones e inclusiones resultaban inquietantes. Sin descreer de ciertas materias auxiliares de la literatura, me pregunté: ¿para qué "congelar" un "canon"? Considero que reglas, selección y preceptos enriquecen la visión de una obra, sólo al margen de competencias, y si de canon se trata, debería quedar en manos de cada Lector (con mayúscula). Me detuve en el capítulo dedicado a Borges.
Con todo el respeto que merece Bloom, confieso que lo hallé algo desabrido. En ocasiones, falso. Sostiene que Borges comprendió (yo subrayo) "que no iba a ser el Whitman de la lengua española, un papel poderosamente usurpado por Neruda. En lugar de eso (subrayo) dio en escribir ensayos-parábolas cabalísticas y gnósticas, quizás bajo la influencia de Kafka". Más adelante, con ingenio y generosidad, escribe: "Si lees a Borges a menudo y con atención, te vuelves un tanto borgiano, pues leerlo es activar una conciencia de la literatura en la que él ha ido más lejos que ningún otro". Y así, compensaciones por el estilo. A mi parecer, sólo roza a Borges, reiterando lo que ya se sabe e imaginando "intenciones".
Si una persona no "codificada" por la educación mercantil cotidiana impartida por la publicidad y el chisme, desintegradores del pensamiento en su encantador chisporroteo, desea penetrar en el universo de Borges, allí está la biografía de Edwin Williamson, titular de la cátedra de Estudios Hispánicos de la Universidad de Oxford. Su monumental "Borges, una vida", sólido tapiz entramado con la totalidad de conductos que la inmediatez y el prejuicio habían dejado sueltos, no tiene parangón. Parodiando: si lo lees, te vuelves totalmente williamsoniano.
Williamson analiza las creencias y actividades políticas de Borges, de lo que mucho se ha hablado y escrito: su simpatía por los bolcheviques, su afiliación al Partido Radical, su obstinada lucha antifascista, su antiperonismo, su apego a las dictaduras militares, y determina con fundamentos que Borges "estaba imbuido de una fuerte conciencia de la responsabilidad del escritor ante la historia: tenía un sentido muy hondo de la patria y hasta el final de su vida se comprometió con el destino de la Argentina. Por eso, aunque sus temas literarios no fueran políticos, fue un escritor engagé a su manera".
Tal criterio tendría que haber sido considerado no sólo por Sartre, sino por los que actualmente aún padecen las preceptivas del realismo socialista, caro a Stalin.
Quizás lo más destacable y revelador de esta biografía, esté contenido en el examen que Williamson lleva a cabo respecto de las pasiones frustradas de Borges (Emile, Nora y Haydeé Lange, Elsa Astete, Estela Canto), en conjugación, a menudo crítica, con el peso de heroicidades ancestrales en las dos ramas familiares (puñal, tigre...) expresados en las metáforas de sus narraciones. Desde otro ángulo, destaca el dominio de su madre, Leonor Acevedo, y las consecuencias de la posterior ceguera del escritor. Borges, en relación con la política, sostenía que "sentía indiferencia, por no decir desprecio (...) el escepticismo sobre la política es para mí lo esencial". Defendía el imperativo de seguir fiel a un conjunto de valores políticos, y no a un partido o ideología específicos. De todas maneras, no entiendo su abrazo con Pinocho Rey.
Por lo demás, el libro de Williamson depara nuevos criterios que desbaratan malentendidos y juicios acartonados. Desde la publicación de "Historia de la eternidad", en 1936 (en un año se vendieron treinta y siete ejemplares), pasando por su "ascenso" de director de la biblioteca a inspector de aves y conejos en los mercados, promovido por un funcionario peronista (en realidad, fueron él y sus amigos quienes distorsionaron apicultura por avicultura ÄPerón nada tuvo que ver en el asuntoÄ), hasta convertirse en uno de los escritores más admirados en el mundo por su genio literario y execrado como reaccionario político, Williamson traza una línea de acción inquebrantable hasta llegar al casamiento de Borges con María Kodama (su primera esposa fue Elsa Astete) a la muerte del escritor en Ginebra.
Para Borges, escribir "era tanto creación como descubrimiento, porque un autor permanece abierto a un poder misterioso". En síntesis: la revelación de la esencia del yo y su relación con el mundo. La salvación por la escritura, dado que rescata al escritor "del vacío indiferenciado del solipsismo, de la nadería de la personalidad". Para Borges, eran las emociones del escritor las que determinaban el orden mágico de la ficción. Dice Williamson: "... una idea de la escritura como purificación de la experiencia, un proceso capaz de revelar un conocimiento secreto, una gnosis del yo, que implicaría la salvación del autor".
Esta nota, incompleta y bastante esquelética, no aspira a la indecencia de una glosa. Simplemente celebra y comunica la aparición de un gran libro (Seix-Barral, 2006), lo que, en cualquier época y lugar, siempre será un acontecimiento.