Una reciente nota publicada en un semanario nacional, titulada ¿El fin de la monogamia?, aporta cifras sobre la fidelidad que, después de haber sido jurado eterna, rompen uno o ambos miembros de algunas parejas. Según el informe, el 50 % de las mujeres encuestadas y el 60 % de los varones, en algún momento de sus matrimonios fueron infieles.
La mentira así planteada ha comenzado a tener sus costos: una mujer engañada por su esposo cobrará, por disposición judicial, $ 20.000. Es que su marido le produjo un desequilibrio emocional importante: no sólo tenía una amante, también una hija, es decir, una vida marital paralela.
Indagando un poco acerca de los motivos para cometer adulterio, los de uno y otro sexo ofrecen justificaciones variadas.
Los varones parecen tener todo más claro. La trampa es una tentación irresistible, innegable por una cuestión de principios: hay que afianzar la masculinidad y, ante un plato ofrecido, aunque a sabiendas de que se está transgrediendo la dieta, es imposible no comerlo. Después, minimizan la cuestión argumentando que no fue nada. Las mujeres son más complejas y, en general, mezclan sexo con sentimientos, aplacan falencias, siguen en la búsqueda del eterno príncipe Äque no es el que está en la casaÄ y dicen que les cuesta mucho tomar la decisión de engañar a su pareja.
De uno y otro lado lo que se juega es, ni más ni menos, la afirmación del ego: saber que todavía se está vigente en el mercado. Creer que se es deseado y amado por alguien es tentador, como un jarabe para el alma.
Lo de la monogamia es una cuestión impuesta, afirmada a través del tiempo por conveniencias sociales, que ayudó en la organización y el orden de los grupos humanos. Ahora las cosas parecen volver al terreno de los instintos y algunos matrimonios practican cierta tolerancia, dándose "libertades" previamente pactadas.
Por si fuese poco, hay empresas que por un pago considerable inventan coartadas para los infieles, que van desde dos horas hasta fines de semana largos. Durante ese tiempo, ningún detalle queda librado al azar y los tramposos pueden pasarla bien sabiendo que tienen las espaldas cubiertas. Pareciera que, más allá de los riesgos, lo que sigue excitando es la mentira.