Muchas ciudades latinoamericanas han crecido desordenadamente y sin planificaciones que integren los múltiples aspectos y problemáticas que afectan a su espacio. Importantes sectores deprimidos, áreas fragmentadas espacial y funcionalmente, abandono de su patrimonio arquitectónico, cultural y natural y pérdida de la identidad son algunos de los tantos problemas que afrontan.
La realidad muestra que estos inconvenientes no son sólo técnicos, sino fundamentalmente de modos de vida y que son necesarios planteamientos políticos y actuaciones que promuevan la responsabilidad social de los ciudadanos y organizaciones civiles, proceso que tiene que liderar el sector público. Queda claro, entonces, que el ambiente urbano no es una cuestión meramente técnica ni de un sector en particular, sino que es el punto de encuentro entre calidad de vida y sostenibilidad.
Hoy las ciudades han ido perdiendo entidad, a medida que los procesos inmobiliarios, económicos, político-administrativos y productivos accionaron sobre su forma y tipo de crecimiento, al punto tal que la regulación urbanística también ha centrado su atención en la relación entre la ocupación privada del territorio y el resto o espacio sobrante.
No es ajena a esta situación la ciudad de Santa Fe, que en un territorio inserto en el valle de inundación de los ríos Paraná y Salado, caracterizado por la presencia de un sistema lacustre típico de ríos de llanuras con mínimas pendientes, el proceso de ocupación del suelo ha avanzado sistemáticamente sobre terrenos inundables y sobre los espejos de agua.
Quizás lo que hoy entendemos como contradicción, en su momento fuera sólo resultado de insuficientes conocimientos técnicos para elegir un emplazamiento adecuado o bien, de la prioridad dada a otros criterios como justamente el de la fácil accesibilidad desde el río, teniendo en cuenta que se trataba de un territorio aún virgen sin otras vías alternativas de comunicación.
En 1902 el presidente Julio Argentino Roca visitó la zona para evaluar la construcción de un puerto para la ciudad de Santa Fe. El gobierno local sugería su localización en Colastiné, pero después de recorrer toda la zona, el presidente y su equipo de asesores la descartaron por ser un lugar periódicamente inundable y por ser dicha actividad generadora de ciudad. Decidieron entonces que el puerto debía estar en su actual ubicación, por lo que se dispusieron los recursos necesarios.
Lo cierto es que el desarrollo progresivo de esta ciudad manifestó durante la mayor parte de su historia una tozuda perseverancia, en idéntica negación del territorio. Prevalecieron con similar fuerza los intereses por "ganar territorio al agua" y por "controlar el avance periódico de ésta".
Al resultado de esta política la sufre hoy toda la ciudadanía que debe pagar sumas millonarias en obras de defensas, desagües y restitución de espacios lacustres; obras que sólo serán paliativos y solucionarán los problemas en forma parcial. En conclusión, se ha construido a lo largo de los años una ciudad dependiente de sus sistemas de bombeos y defensas.
Para no seguir insistiendo en errores ya conocidos, necesitamos trabajar con una nueva visión que nos permita la reinterpretación del territorio como un paso necesario para hacer una justa valoración de sus potencialidades. El sistema hídrico de éste, lejos de constituir sólo una amenaza latente o un factor de riesgo, ofrece un patrimonio aún no explotado, desde el punto de vista ambiental y paisajístico.
Se necesitan políticas efectivas de recuperación de esos ambientes naturales pero también de un cambio en las prácticas habituales de diseño frente a los espacios de este tipo, aún vírgenes o en recuperación. Es decir, supeditar las pautas de diseño a las condicionantes del sitio y a la impronta del paisaje en estos ambientes naturales lacustres.
Entonces, la concepción de lo urbano debe enriquecerse y superar las visiones que lo fragmentan. La ciudad no es la sumatoria de todo lo visible, no se agota simplemente en las estructuras físicas o en los sistemas funcionales que la conforman. La ciudad es un escenario de múltiples facetas, tangibles e intangibles, donde espacios y edificios se asimilan y potencian.
El espacio urbano es una manifestación de la cultura ciudadana, ya que es el lugar donde conviven los habitantes con su idiosincrasia y el paisaje; que a lo largo del tiempo dejan su huella en ese espacio y su arquitectura; historia que se repite, al dar a nuestras acciones de hoy el rango de historia futura.
(*) Agrimensor y magíster en Gestión del Ambiente, el Paisaje y el Patrimonio.