Opinión: OPIN-01 Georgia, Rusia, el poder y la guerra

Georgia aprovechó el derrumbe del comunismo para separarse de la URSS. La nación donde nació Stalin pudo aprovechar durante los años totalitarios algunos beneficios económicos y políticos que la transformaron en una de las repúblicas importantes del imperio comunista. Hoy Georgia es considerada pro occidental y una de las aliadas más importantes de los EE.UU. en la región. Por su parte, el primer ministro Mikhail Saakashvili ha solicitado el ingreso a la Otan y a la Unión Europea.

La modernización de Georgia no ha eliminado los problemas separatistas; por el contrario, parecería haberlos alentado. Regiones como Osetia del Sur, Abjasia y Abjera han intensificado sus reclamos secesionistas. En el caso de Osetia del Sur, el reclamo apunta a unirse en una sola nación con Osetia del Norte, perteneciente a Rusia. El problema no sería grave si los osetios no contaran con el apoyo de los jerarcas de Moscú.

Los georgianos no aceptan la secesión. Los reclamos se han ido radicalizando y el gobierno decidió reprimir a los facciosos. La respuesta de Moscú fue la intervención militar invocando su derecho a proteger a los rusos que viven en Georgia. El argumento carece de sustento jurídico, pero ya se sabe que a los modernos zares rusos estas cuestiones no les preocupan demasiado.

El conflicto se ha militarizado y el desenlace es imprevisible. Tan grave como la intervención militar rusa en Georgia es el precedente político que funda. En principio, las repúblicas bálticas (Estonia, Lituania y Letonia) han manifestado su preocupación porque no se les escapa que, con los mismos motivos que hoy Rusia interviene en Georgia, podría hacerlo mañana en sus territorios.

Se sabe que la URSS como tal fue la consecuencia de un proyecto de conquista territorial realizado bajo el signo ideológico del comunismo. Como dicen los historiadores, lo que siempre existió en Rusia fue el nacionalismo de gran potencia. Si en siglos previos esta estrategia fue llevada adelante por los zares, en el s. XX la defensa de la gran patria rusa se hizo en nombre del comunismo, y en el s. XXI la ideología oficial es el nacionalismo de gran potencia.

Putin en su momento y Medvedev en la actualidad son quienes mejor expresan esta estrategia. El problema que se les presenta es que el precedente que fundan interviniendo militarmente en Georgia no sólo preocupa a los países bálticos, sino que también ha empezado a preocupar a los propios rusos. En efecto, si Osetia tiene derecho a constituirse como nación, ¿por qué no pueden reclamar lo mismo los chechenos? Por lo pronto, cuando los chechenos lo hicieron, la respuesta de Putin fue brutal. Como testimonio de la impiedad con que fue sofocada está rebelión está la ciudad capital de Chechenia, Grozni, reducida a ruinas por los bombarderos rusos.

De todos modos, los nacionalistas rusos no perderán el sueño por estas flagrantes contradicciones teóricas. Para ellos, no hay ningún antagonismo entre el aliento al secesionismo en otras regiones y la defensa a ultranza de su unidad territorial. Putin y Medvedev son esos jefes de Estado que consideran que lo que vale para los otros no los compromete a ellos. Pedro el Grande y Stalin no habrían pensado distinto.