Opinión: OPIN-05
La vuelta al mundo
Fernando Lugo presidente

Rogelio Alaniz

El flamante presidente de Paraguay, Fernando Lugo. Foto: AFP

Paraguay es uno de los países más pobres y más corruptos del mundo. Si alguien preguntara quién es el principal responsable de esa tragedia histórica, la respuesta más adecuada sería la siguiente: Alfredo Stroessner y el Partido Colorado.

Seguramente, al pueblo paraguayo alguna culpa le cabe por haber consentido, por las buenas o por las malas, ser gobernado durante sesenta años en esas condiciones, pero como la responsabilidad política es muy difícil atribuírsela a una entidad colectiva tan grande, hay que resignarse a ubicar culpas históricas más precisas.

Esa realidad marcada por la injusticia social y la corrupción es la que pretende transformar el flamante presidente Fernando Lugo. En principio, una mayoría de paraguayos lo votaron para que cumpla con esa tarea. Los antecedentes de Lugo en ese sentido son impecables. Una trayectoria religiosa a favor de los pobres y oprimidos lo avalan. Sacerdote, obispo, identificado desde su juventud con la teología de la liberación, ha prometido como presidente que su opción preferencial serán los pobres. Esa promesa en sus labios es creíble. El problema es cómo realizarla. En términos políticos, la teología de la liberación puede ser un excelente programa para ganar el poder; queda abierto el interrogante para responder si la teología de la liberación alcanza para gobernar.

El primer discurso de Lugo como presidente contó con el encanto y la retórica del progresismo latinoamericano. Habló de literatura y citó a sus dos grandes escritores: Rafael Barrett y Augusto Roa Bastos. Habló de Chile y se refirió a Salvador Allende, una licencia que ni los socialistas chilenos se permiten; habló de la Argentina y además de agradecer la generosidad de nuestro país con sus exiliados e inmigrantes, nombró como un acto de gentileza a Carlos Gardel. Cuando se refirió a Brasil, citó la frase de uno de sus intelectuales más conocidos, quien al describir el clima de las dictaduras dijo que es el orden en donde "unos no duermen porque tiene miedo y otros no duermen porque tiene hambre".

Los discursos de inauguración de períodos presidenciales suelen abundar en generalidades y palabras bonitas, pero algunas verdades, por omisión o emisión, siempre se desprenden del texto. Lugo no fue la excepción. Definió como objetivos centrales de su gestión la lucha contra la pobreza y la corrupción. Para ello, propuso una serie de iniciativas, pero en todo momento insistió en que sin una gran reforma cultural ningún cambio político es posible.

Lugo sabe de lo que habla. Sesenta años de régimen colorado corrompieron a todo el Paraguay. El mítico derrame neoliberal en ese país se expresó a través del derrame de los beneficios de la corrupción. Con los grandes negociados, con el robo de autos, el contrabando y la trata de blancas, muchos paraguayos se beneficiaron y se siguen beneficiando. Es verdad que no todos se han favorecido en la misma proporción, pero más allá de los detalles es necesario entender que en este país la corrupción se ha constituido en un modo de vida y está instalada como el sentido común mayoritario de la sociedad, más allá de sus preferencias políticas.

Una gran mayoría, incluido los opositores, vive de un sistema perverso que ha reprimido con saña y corrompido con tenacidad. En esta afirmación no hay ninguna imputación personal a nadie; es más una descripción sociológica que una acusación moral. Años de desquicio administrativo y corrupción cotidiana obligan a la sociedad a vivir "normalmente" al margen de la ley.

El flamante presidente no menciona estrictamente la reforma moral e intelectual de la sociedad, pero de hecho la propone cuando señala que es necesario que la sociedad acompañe al nuevo gobierno no en generalidades sino en conductas concretas: decencia política, eficiencia administrativa.

El problema es que estas consignas se dicen con facilidad pero se cumplen con mucha dificultad. El liderazgo moral es importante en Paraguay y en cualquier parte. Lugo lo ha obtenido. Ahora debe saber Äy seguramente lo sabeÄ que hay que afrontar el rigor de las cosas, las asperezas del poder y las miserias de la condición humana. Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, las grandes espadas de la teología de la liberación, pueden ayudarlo en la primera tarea; dudo de que sean útiles en la segunda.

Se dice que para gobernar es necesario contar con el apoyo del pueblo. Nadie puede poner en discusión ese dogma de fe, mucho menos en tiempos democráticos. En todo caso, lo que merece debatirse es cómo se gana el apoyo del pueblo, no sólo en una elección sino a la largo de una gestión presidencial. En otros tiempos, se suponía que ese cariño se expresaba en manifestaciones callejeras y otras algaradas por el estilo, ahora se sabe que esas florituras no sirven ni para empezar.

Algo de esto sospecha Lugo a juzgar por sus discursos. En principio, el acto de asunción abundó en las gentilezas con los mandatarios de Brasil y Argentina, pero en algún momento Lugo les recordó la deuda pendiente con Yacyretá e Itaipú. Los acuerdos firmados con Venezuela se inscriben en la misma línea del realismo político, más allá de que algún observador pretenda ver en estos convenios una simpatía ideológica con el régimen de Chávez.

Pero no es en el campo de la política exterior donde estarán los problemas más serios del nuevo gobierno. Decía que Paraguay es uno de los países más pobres y corruptos del planeta. No es fácil hacerse cargo de esa verdad. Paraguay tiene alrededor de seis millones de habitantes y el uno por ciento de la población concentra el 77 por ciento de las tierras cultivables. La pobreza es estructural y no se resuelve ni de la noche a la mañana y mucho menos con buenas intenciones, ni siquiera las que enuncia la Biblia.

La pobreza ha generado clientelismo. Los paraguayos han seguido tan pobres como siempre, pero aferrados a un régimen que reparte migajas por la vía de la corrupción. En el negocio de la corrupción se suman los funcionarios del Estado, las fuerzas armadas, la policía y un segmento importante de la elite política.

La coalición que lo llevó a Lugo al poder está muy lejos de ser una procesión de santos y anacoretas ayunadores. Sin ir más lejos, el vicepresidente Federico Franco se lo conoce popularmente como "Fraude" Franco, porque hasta la fecha es la única virtud política reconocida. Entre sus aliados políticos, militan reconocidos y honestos dirigentes populares mezclados con sobrevivientes del viejo régimen. En los llamados movimientos sociales, ocurre algo más o menos parecido. Lo dicho no pretende ser una crítica purista, sino todo lo contrario. La heterogeneidad es un síntoma de realismo, y según sea elaborada, un problema o una solución hacia el futuro. También revela que Lugo además de leer la Biblia ha leído a Maquiavelo, lectura que seguramente negará confirmando en esa negación su condición maquivélica.

Digamos a modo de conclusión que a Paraguay se le abre una oportunidad histórica, pero que el tránsito de esa oportunidad estará sembrado de trampas y acechanzas. Lugo sabe Äy si no lo sabe lo aprenderáÄ que gobernar es comprar problemas.

Por lo pronto, ha llegado al poder con los mejores auspicios. Algunos dirigentes de la izquierda dura paraguaya le reprochan sus defecciones y lo acusan de Judas. Conociendo el pedigrí ideológico de sus impugnadores, esas acusaciones también constituyen puntos a su favor.