Teresa Bouza (EFE)
Su madre la describe como "todo un carácter" y su marido, el candidato presidencial demócrata Barack Obama, como "la roca" de la familia, una mujer con aplomo que le ayuda a mantener los pies en la tierra. Michelle Obama, la exitosa abogada de Chicago de 44 años que podría convertirse en la primera dama de EE.UU., no se amedrenta ante las dificultades de la vida.
Nacida y criada en un barrio pobre y negro en el sur de Chicago, sus padres la educaron para que pensara en lo posible y no en lo imposible y la instaron a superarse y a adquirir la educación que ellos no pudieron tener.
"Mis padres nos repitieron una y otra vez a mí y a mi hermano Craig: "No nos digan lo que no pueden hacer y no se preocupen por lo que podría no funcionar", dice Michelle con frecuencia en los actos electorales a favor de su esposo.
Su madre, Marian, aportó el cariño y la disciplina necesarios para que sus hijos, a los que sólo dejaba ver la televisión una hora al día, salieran adelante.
Su padre, Fraser Robinson, era un hombre de pocas palabras y mucha autoridad que madrugaba a diario para acudir a su trabajo en el departamento de servicios hidráulicos del Ayuntamiento de Chicago pese a padecer esclerosis múltiple.
"Lo último que queríamos era defraudarlo", declaró Michelle Obama en febrero, en una entrevista con la revista Newsweek.
La joven Michelle se propuso no defraudarlo y desoyó a los profesores que le dijeron que no tenía la capacidad para aspirar a una universidad Ivy League, un reducido grupo de exclusivos centros académicos en la Costa Este del país.
Su fuerza de voluntad la llevó a dos de esas universidades: Princeton y Harvard, donde estudió Sociología y Derecho.
En ambos centros, se involucró en actividades para aumentar la minúscula cuota de profesores y estudiantes de color. A su salida de Harvard, se enroló en un prestigioso bufete de abogados de Chicago, adonde unos años más tarde llegaría Barack Obama, quien poco después de conocerla la invitó a salir.
Michelle Obama se mostró reacia en un primer momento a "mezclar el placer con los negocios", pero tardó poco en sucumbir a los encantos de Barack.
Dos años más tarde, en 1991, falleció su padre a raíz de complicaciones con su enfermedad y casi al mismo tiempo murió una de sus mejores amigas en Princeton. Esos dos acontecimientos hicieron que se replanteara su vida y la llevaron a buscar su verdadera pasión: el trabajo social, y a dejarse guiar por ella. En 1992, se casó con Obama.
Tras la muerte de su padre empezó a trabajar para el Ayuntamiento en asuntos sociales, una labor que continuó después en un puesto directivo en el Centro Médico de la Universidad de Chicago.
La entrada de Obama en la carrera presidencial la llevó a dejar temporalmente su empleo para involucrarse a tiempo parcial en la campaña, una tarea que compagina con su prioridad "número uno": el cuidado de sus hijas Malia y Sasha.
Su mayor exposición pública ha dejado claro que Michelle Obama es una persona segura de sí misma, pero también alguien con un carácter fuerte, directo y sarcástico que le ha causado problemas.
En febrero, se ganó fama de "resentida", tras decir que era la primera vez que se sentía "realmente orgullosa de su país". Esas afirmaciones se matizaron para precisar que no tenían que ver con que Obama fuese el primer negro en competir por la Casa Blanca, sino con la gran participación popular en el proceso.
Además, sus comentarios de que Obama ronca, tiene mal aliento por las mañanas, se olvida de meter la mantequilla en la nevera y deja calcetines por toda la casa le han ganado los calificativos de mujer "dominante" y "castradora", como la describió Maureen Dowd, columnista del New York Times.
Ella dice que lo que busca es "humanizar" a Obama. Su esposo la defiende a capa y espada, al asegurar que es el amor de su vida y la mujer que le ayuda a "no perder el norte".