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El clima volvió a frustrar la zafra y puso en evidencia, más que nunca, la fragilidad que caracteriza a la cuenca cañera del norte santafesino. Un complejo cóctel de sequía, heladas y chaparrones inoportunos disminuyó la cosecha y los rindes, a la vez que interrumpió en reiteradas ocasiones el ingreso de caña a los ingenios, ocasionando serios contratiempos a las empresas. El saldo es alarmante: la región sufrirá una pérdida superior a los $26.000.000, la situación de las industrias se torna más inestable y a los productores empieza a resultarles más atractivo salir de la actividad que seguir invirtiendo en ella.
En la zona todavía se recuerda con pesar el 11 de julio de 2007. La terrible helada que se abatió sobre la zona esa madrugada perjudicó seriamente los cañaverales y dejó a los productores sin semilla para la campaña siguiente. Ese sólo dato explica la retracción de 1.500 hectáreas del área sembrada y el freno a un proceso de recuperación que comenzó en 2003 con un crecimiento de 1.000 hectáreas anuales. De haber continuado esa tendencia, este año la superficie tendría que haber alcanzado unas 9.500 hectáreas, pero sólo se explotaron 7.000.
Luego vendría la sequía, que privó al cultivo de unos 600 milímetros en el período crítico durante los meses del verano. Como consecuencia (excepto en los bajos, donde se conservó mejor la humedad), las plantas apenas superaron el metro y medio de altura y la producción en el campo, que el año pasado había llegado a 360.000 toneladas, se derrumbó a 100.000. Los rindes también tuvieron un durísimo revés: contra 48 toneladas por hectárea promedio en 2007, este año apenas si alcanzó a 20. El impacto económico se mide en kilos de azúcar: las 20.000 toneladas producidas la zafra anterior se habrían reducido a 9.000 en la actual, resignándose alrededor de $26.400.000.
El efecto social se observa en la calle. "Acá en época de zafra el movimiento en los comercios se triplica; y mirá lo que es esto, está todo parado", se lamentó Hugo Colussi, miembro del directorio del ingenio INAZA de Villa Ocampo. Sólo en esa empresa trabajan 400 operarios en los meses de plena actividad, que si se suman a los del ingenio Las Toscas, más productores, obreros del surco y proveedores de insumos y servicios la cifra se estira a 3.000 familias o más de 10.000 personas relacionadas directamente a la caña. En la cuenca, que se extiende desde El Sombrerito hasta Florencia, en el departamento General Obligado, viven aproximadamente 60.000 personas.
Envalentonados con el excelente desarrollo que habían tenido los cultivos el año pasado, los productores apostaron fuerte a esta campaña. Ahora la mayoría podría entrar en situación de quebranto, producto de la inversión en tecnología (básicamente fertilizantes), la acotada cosecha y el escaso valor que tiene el azúcar como consecuencia de la política de control de precios de la administración nacional.
El productor cobra por la cosecha el 55% del azúcar que rindió su caña en el ingenio (lo normal es 11%) y el 45% restante es de la industria. Hoy el valor del producto es de $1.20 el kilo, el mismo que hace un año. La estructura de costos, por hectárea, está conformada por $2.000 para la siembra (como el cultivo dura cuatro años se prorratea en $500/ha/año), $500 de fertilización, $60 de herbicida para la caña planta, $100 de laboreo y el $35 por tonelada de cosecha y flete (según distancia). Con un rinde de 40 toneladas por hectárea, el ingreso bruto aproximado es de $2.880, por encima de los $2.560 de costos. Pero si, como le ocurrió a muchos este año, se cosechan 20 toneladas, el productor queda en situación de quebranto, ya que los $1.320 que obtiene por la venta no llegan a cubrir los $1.860 de costo. "Generalmente el que cosecha 20 toneladas es el que no invirtió en tecnología, pero esta vez los que hicieron el gasto terminaron cosechando eso a causa de la sequía", explicó el asesor privado Elbio Lovisa, y agregó que tal situación comprende al 70% de los productores.
Fidel Tomadín es cañero en Florencia, pero también se ayuda con algo de ganadería y girasol en unas 60 hectáreas. "Desde el 83 peleándola con la caña junto a mi viejo", afirma, mientras espera en la galería del edificio administrativo de INAZA para charlar con los propietarios. "Este año el cultivo me resultó malísimamente por el precio; con el rinde no tuve problema porque yo hago algo de riego, que es lo principal que tenemos que hacer acá; si no desaparecemos como productores, inclusive como ganaderos". Es el mismo diagnóstico que hacen todos y los corrobora con los datos de su cosecha: en la parcela bajo riego levantó 60 toneladas y 30 donde no cuenta con ese recurso. En cuanto a las señales que brinda la industria tampoco está tranquilo y reclamó asistencia porque si se caen los ingenios "desaparecemos todos".
A unos kilómetros del ingenio, en el campo, mientras pesa los fardos de caña "manual" (como se le dice a la que cosechan los braceros), Víctor Barría refuerza lo dicho por Tomadín: "$1.20 o $1.25 (el kilo de azúcar) es un término medio para seguir tirando", dice, y aclara que por eso "en los próximos años la intención es mantenerme en los actuales niveles de producción, entre caña y algodón, porque crecer no se puede sin ayuda; cuando no es el combustible, son los insumos y sobre todo la mano de obra muy cara". A sus 62 años lleva 30 en la caña, que alterna con el algodón para evitar el bache económico entre una zafra y otra, "porque con la caña entre año y año se va muy largo". Primero fue peón, hasta que pudo alquilar una chacra "de 50 cuadras" (en el norte "cuadra" es sinónimo de "hectárea") en las que últimamente dedica 35 a caña y el resto a la fibra. "El año pasado nos quedó caña en pie por la helada y este año hay muy poco", se preocupa, aunque él tuvo la suerte de cosechar 30 toneladas por hectárea, suficiente para salvar los gastos de la próxima siembra.
Cuando empezaron a sonar las alarmas por los efectos del clima en la producción el estado provincial tomó cartas en el asunto y dispuso un plan crediticio para que los cañeros puedan sembrar. Son préstamos de hasta $2.000 por hectárea a pagar en 3 años. La herramienta fue muy bien recibida y pone a salvo al primer eslabón de la cadena. Sin embargo el otro componente clave, los ingenios, está esperando una respuesta. "La cuenca cañera no termina en el productor", se queja Hugo Colussi.
Quienes se relacionan con la actividad coinciden en describirla como un sistema en el que todos los componentes interactúan para garantizar su funcionamiento, pero si uno falla todo se detiene. De hecho, la siembra de caña solo es posible por la existencia de los ingenios. Esto se debe a que, como la caña apenas contiene 11% de sólido, resulta inviable económicamente transportarla a más de 50 kilómetros de distancia. De tal forma, el funcionamiento de la industria es un dato trascendente para el productor y su toma de decisiones. Si los ingenios no brindan seguridad a futuro, difícilmente los cañeros se animen a invertir para crecer. Pero, a su vez, tampoco es previsible la industria si no hay caña suficiente para obtener un resultado económico que justifique poner en funcionamiento la capacidad instalada. Se trata de un círculo que, según como se lo administre, puede ser tanto virtuoso como vicioso.
En Villa Ocampo, al valor actual del azúcar, INAZA debería moler 220.000 toneladas para "salir derechos", según explicó Colussi. Este año a duras penas llegarían a procesar 60.000 toneladas por efecto de los menores rindes en el campo a causa de la sequía. Pero también por las sistemáticas lluvias que se dieron desde junio y que, por falta de piso para la cosecha, obligaron a parar la molienda tantas veces que la industria sólo funcionó el 50% de la época de zafra. Mientras tanto, al cierre de esta edición la industria esperaba ansiosamente la prórroga del contrato energético Äque vence mañanaÄ para poder procesar durante septiembre entre 20 y 25.000 toneladas más de caña, con lo que no sólo podrían obtener un mejor rédito económico, sino que evitarían que quede caña en pié en los campos con la consecuente pérdida y desánimo entre los productores. "Estamos trabajando para limpiar los campos; si paramos acá, a la caña que queda en pié le van a pasar el arado para irse al girasol, que todavía está en fecha y tiene humedad", alertó el directivo de INAZA.
Tan complejo es el panorama, que encontrar soluciones no resulta sencillo. Lo urgente, para los ingenios, es llegar a la próxima campaña. En el caso de INAZA, significa unos $100.000 mensuales que deberán desembolsar en concepto de sueldos, más los costos de reparación y mantenimiento. "Hay que tener un colchón para llegar a la zafra que viene y lo que tenemos es un agujero. Le pedimos a la provincia que entienda al industrial como lo hizo con el productor. No necesitamos mucho, pedimos $4.000.000 para llegar hasta junio de 2009", suplicó Colussi, aunque sabe Äal igual que el resto de la cadenaÄ que el problema es de fondo y necesita una solución estructural.
Justamente por ello es que la Mesa Azucarera, que integran productores, industriales, proveedores, técnicos y gobierno, elaboró un Programa de Reconversión Productiva de la Cuenca Cañera Santafesina. El objetivo es superar la ineficiencia crónica que significa tener montada una industria para usarla solamente durante dos meses al año, aportando sustentabilidad al sistema y contribuyendo al desarrollo regional. La receta se basa en dos pilares: la incorporación del riego para generar previsibilidad y mayor producción y la inclusión del sorgo (granífero y azucarado) con destino a la producción del alcohol para garantizar el funcionamiento de la industria en forma permanente. Uno de los resultados previstos es el incremento anual de $70.000.000 en el valor económico generado por el sistema, que pasaría de los actuales $92.000.000 a $166.000.000, con un fuerte crecimiento de la mano de obra industrial. Al respecto, Lovisa fue contundente: "el plan ya está, ahora hay que ponerlo en marcha".
En la cuenca cañera santafesina el 62% de la superficie agrícola y el 65% del valor generado lo aportan la soja y el girasol, mientras que sólo el 14% de la superficie y el 35% del valor total corresponden a la caña de azúcar. El Programa de Reconversión Productiva de la Cuenca Cañera Santafesina, elaborado por la Mesa Azucarera, implicaría elevar la superficie cañera hasta 11.000 hectáreas e incorporar sorgo granífero y azucarado. De esa manera, la canasta de productos que ofrecerá la zona estarán compuestos principalmente por alcohol y azúcar, que representarán un 44 y 28 % del valor económico generado anualmente en la región, manteniendo soja y girasol una incidencia de alrededor del 25 % en el valor generado.
Actores en la cuenca
Existen aproximadamente 280 productores, de los cuales el 60% explota menos de 20 hectáreas. El promedio indica 30, pero se debe a que unos 10 grandes cuentan con más de 100 hectáreas. Los más chicos cultivan entre 1 y 2.
Si se incluyen las actividades a campo, industriales, los propios productores y los proveedores de insumos y servicios, son aproximadamente 3.000 familias relacionadas directamente con la actividad.
Dos son los ingenios: INAZA, en Villa Ocampo, y Las Toscas en la localidad homónima. Entre ambos emplean directamente, en época de zafra, unas 800 personas y cuentan con una capacidad de molienda de 450.000 toneladas.
Juan Manuel Fernández[email protected] ESPECIAL